Doña Beatriz ni siquiera se molestó en responderle. Sostuvo a Bernardo por los hombros y lo ayudó a subir al auto.
Elvira notó que él estaba ardiendo en fiebre. El golpe de doña Teresa y la infección lo habían dejado en un estado de semiconsciencia.
Recordó que, en su vida anterior, cuando la familia Gutiérrez encontró a Bernardo, él heredó la posición como líder de aquel poderoso clan. Durante años, protagonizó una guerra corporativa a muerte contra Julio Lozano; ahora entendía que todo ese odio nació del maltrato sistemático que sufrió en esa casa.
—Mamá, la fiebre de Bernardo está muy alta. Tenemos que llevarlo de urgencia al hospital —dijo Elvira.
—Tienes razón, directo al hospital —asintió doña Beatriz, que había estado a punto de perder la calma—. Javier, arranca, al hospital, rápido.
—Enseguida, señora.
Doña Beatriz miró con profunda compasión a Bernardo, que iba recostado y casi desmayado contra el hombro de Elvira.
—Pobre muchacho. Nunca tuvo el amor de una madre, y tener que sobrevivir todos estos años en casa de los Lozano... qué vida tan cruel.
—Tranquila, mamá. A partir de hoy, él es parte de nuestra familia. Con el respaldo de los Torres, nadie volverá a ponerle un dedo encima —afirmó Elvira.
Sus palabras llenaron de orgullo a doña Beatriz.
—Y yo que temía que no estuvieras de acuerdo. Mi niña, tienes un corazón de oro.
¿Cómo no iba a estar de acuerdo Elvira?
Incluso ignorando el inmenso poder que él tendría en el futuro, Bernardo la había protegido y ayudado tantas veces en las últimas semanas que le era imposible dejarlo sufrir bajo el yugo de los Lozano.
Desde el asiento delantero, don Alejandro suspiró profundamente. Nunca imaginó que doña Teresa fuera capaz de tanta bajeza contra un adolescente.
Al recordar que el difunto padre de Bernardo había sido su amigo durante años, sintió que era su deber moral rescatar al chico de ese infierno.
—Elvira, hija —dijo don Alejandro—, ya ordené que le preparen una habitación. Estará justo al lado de la tuya. Quiero que me ayudes a cuidarlo. El muchacho es muy callado y solitario; no quiero que siga sintiéndose a la deriva.
—No te preocupes, papá. Yo me encargo de él.
Don Alejandro sonrió aliviado. Su hija se había vuelto madura, sensata y muy empática.


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