Dicho esto, los dos guardias de seguridad cerraron pesadamente el gran portón de hierro de la mansión Torres.
Julio apretó los puños con fuerza.
¡Qué maldita era Elvira y qué despiadada la familia Torres!
¡Habían cruzado todos los límites!
Lleno de resentimiento, Julio subió a su auto y se marchó. Al ver su auto desaparecer a lo lejos, una profunda sensación de satisfacción inundó a Elvira.
¿Acaso no podía soportar ni siquiera este nivel de humillación?
Los verdaderos días de tormento apenas estaban por comenzar.
Esa misma tarde, cuando el Señor Torres y Beatriz regresaron a casa y se enteraron del escándalo que Julio había causado, ambos se mostraron sumamente molestos.
—¡Ese Julio tiene el descaro de venir a hacer un berrinche a nuestra propia casa!
El padre de Elvira estaba tan furioso que no podía ni probar bocado y golpeó los cubiertos contra la mesa.
Elvira se acercó para calmarlo:
—Papá, no te enojes. Si te molesta tanto, la próxima vez colgamos un cartel en la puerta que diga: «Prohibida la entrada a perros y a Julio Lozano».
Al escuchar eso, la expresión del Señor Torres se suavizó un poco.
—Tú y tus ocurrencias, niña.
—Pero hay que admitir que la familia Lozano cruzó la raya. ¿Cómo pueden portarse así? —suspiró Beatriz.
Ella siempre había tratado bien a Julio, pero él había demostrado ser un malagradecido, como un lobo que muerde la mano de quien le da de comer.
Al ver que el terreno emocional estaba preparado, Elvira propuso:
—Papá, mamá, recuerdo que hace tiempo el señor Lozano invirtió en las Acciones de la Corporación Torres, y nosotros también tenemos participación en el Grupo Lozano, ¿verdad?

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