Después de decir eso, a Alejandro se le ocurrió algo y preguntó con curiosidad:
—Por cierto, ¿de quién fue esta brillante idea?
El licenciado Valdés, que estaba a un lado, justo iba a llenar de halagos a Elvira, pero ella se le adelantó y respondió:
—¡Del licenciado Valdés! ¡Por supuesto que fue el licenciado Valdés!
El abogado se quedó pasmado.
Alejandro miró al licenciado Valdés y asintió con satisfacción.
—Valdés, excelente trabajo. ¡Te acabo de aprobar un bono para este mes!
—Señor Torres, yo...
El licenciado Valdés miró de reojo a Elvira, quien seguía hablando con total seriedad:
—Papá, no te imaginas lo increíble que es el licenciado Valdés. Esta vez, trabajar a su lado me enseñó muchísimas cosas. Un simple bono mensual no es suficiente, creo que el bono de fin de año también se lo tiene más que merecido.
El licenciado Valdés se quedó sin palabras.
Alejandro, asintiendo, aprobó:
—¡Valdés, hiciste un trabajo formidable! ¡Te autorizo el bono de este mes y el de fin de año también!
—... Muchas gracias, Señor Torres.
El licenciado Valdés tenía una expresión de absoluto sufrimiento, no se le veía ni una gota de alegría.
Si de verdad hubiera sido idea suya, al menos habría aceptado el dinero con la conciencia tranquila.
Pero Elvira seguía sonriendo como si nada, haciendo parecer que el verdadero héroe era el abogado y que ella solo había ido a hacer bulto.
Al día siguiente, el contrato fue sellado rápidamente y, por la tarde, el dinero se transfirió en partes a la cuenta del Grupo Lozano.
La crisis de la familia Lozano quedó solucionada de manera temporal.
Mientras Elvira estudiaba tranquilamente en su habitación, Bernardo entró con una bolsa de fresas en la mano y la dejó en una esquina del escritorio.
Aunque Bernardo se movió con cautela, no pudo evitar llamar la atención de Elvira.
Bernardo se quedó helado. Solo sintió un sabor dulce inundando su paladar, un sabor que nunca antes había probado.
Al ver su reacción, Elvira preguntó con curiosidad:
—¿Están ricas?
—... Sí, muy ricas.
—Si te gustan, come más.
Elvira dividió las fresas y le dio la mitad a Bernardo.
Ella sabía perfectamente que cada vez que Bernardo iba a trabajar, se ganaba el dinero con el sudor de su frente, y tal vez al final del día no sacaba ni unos pocos cientos de pesos.
Pero las fresas que le regalaba costaban más de ciento cincuenta pesos el kilo.
Desde que estaban en el Instituto Linares, Bernardo siempre ahorraba al máximo. A pesar de estar en plena etapa de crecimiento, jamás gastaba en cosas que le gustaban.
—Por cierto, vi que tus tenis ya están un poco gastados, así que te compré unos nuevos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer y Casarme con el Rival de Mi Ex