En el Grupo Montero, el ambiente era cada vez más tenso.
Desde la pérdida del contrato de "Soluciones Marítimas", una nube negra parecía haberse instalado sobre la oficina de Esteban.
Sin la guía meticulosa de Magdalena, el "niño prodigio" se estaba revelando como lo que realmente era: un fraude incompetente con un buen apellido.
Los pequeños detalles que Magdalena siempre manejaba en silencio ahora se convertían en problemas gigantescos. Un plazo de entrega que no se cumplía, un error de cálculo en un presupuesto, una llamada importante a un cliente que se olvidaba de hacer.
Cada día, un nuevo incendio que apagar. Y Esteban no era un bombero; era un pirómano.
—¡¿Cómo es posible que hayamos perdido la cuenta de "Constructora del Sol"?! —gritó Esteban a su gerente de proyectos por teléfono—. ¡Era un contrato asegurado! ¡Son unos inútiles! ¡Todos ustedes! ¡Están despedidos!
Colgó el teléfono con un golpe violento. Estaba sudando, su traje de diseñador le parecía una camisa de fuerza.
Justo en ese momento, la puerta de su oficina se abrió sin llamar.
Era su madre, Elena Montero. Entró con la elegancia de una reina y la mirada de un juez.
—Escuché los gritos desde el pasillo, Esteban. ¿Qué está pasando? Primero "Soluciones Marítimas", ahora esto. El prestigio de esta familia se está yendo por el desagüe.
—No es mi culpa, mamá —se quejó Esteban, pasándose las manos por el pelo con frustración—. Es este equipo de idiotas que tengo. No hacen nada bien desde que…
Se detuvo a media frase. Estuvo a punto de decir "desde que Magdalena se fue".
Elena arqueó una ceja.
—¿Desde qué? Termina la frase, Esteban.
—Desde… desde que asumí más responsabilidades —mintió torpemente.
Se sentó en su silla de cuero, sintiéndose pequeño e impotente.
Todo se estaba desmoronando. ¿Por qué? Todo iba tan bien.
Un recuerdo fugaz cruzó su mente: Magdalena, en su pequeña oficina en casa, trabajando hasta altas horas de la noche, rodeada de planos y hojas de cálculo, preparándole las presentaciones que lo hacían brillar.
Sacudió la cabeza, furioso consigo mismo por pensar en ella.
Ella era el problema. Su recuerdo lo distraía.
No. Él era Esteban Montero. Era un genio. Podía hacerlo solo.
Tenía que hacerlo solo.

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