La oficina de InnovaTech no se parecía en nada a las opulentas instalaciones del Grupo Montero.
Era un espacio abierto, pequeño y desordenado en un edificio antiguo del distrito tecnológico. Las paredes estaban cubiertas de pizarras blancas llenas de fórmulas complejas y diagramas de flujo. Olía a café, a cables recalentados y a la energía de gente inteligente trabajando demasiado por muy poco dinero.
A Magdalena le encantó.
Esto era real. Aquí se creaban cosas. En el Grupo Montero, solo se movía dinero.
Víctor Morales la guio a través del espacio, donde un puñado de jóvenes ingenieros tecleaban en sus computadores, ignorando al mundo exterior.
—No es mucho, pero es nuestro hogar —dijo Víctor con una mezcla de orgullo y tristeza.
La llevó a su pequeña oficina de cristal.
—He leído su plan cinco veces —dijo, sentándose—. Es brillante. Pero sigo sin entender de dónde saldrá el dinero.
Magdalena se sentó frente a él. Sacó de su bolso un maletín delgado.
Lo abrió sobre el escritorio.
Dentro había documentos. Un contrato de inversión y la prueba de una transferencia bancaria a una cuenta de depósito en garantía.
La cantidad hizo que Víctor se atragantara con su propio aliento.
Era más dinero del que InnovaTech había visto en toda su historia.
—¿De… de dónde…?
—Digamos que tuve un golpe de suerte en el mercado de valores —respondió Magdalena—. Este dinero es suficiente para financiar las dos primeras fases de nuestro plan. Suficiente para mantener la empresa a flote y empezar el contraataque.
Víctor miró los papeles y luego la miró a ella. La realidad de la situación lo golpeó.



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