La sede de "Solís Couture" era un edificio elegante en el distrito de la moda, pero por dentro, el ambiente era de decadencia y apatía.
Cuando Magdalena entró en las oficinas el lunes por la mañana, fue recibida con un muro de silencio hostil.
Los empleados, desde los diseñadores hasta los asistentes, la miraron con una mezcla de curiosidad y desdén antes de volver a sus pantallas, ignorándola deliberadamente.
Sabía que todos allí eran leales a Rodrigo. Él había controlado la división a distancia durante años, usándola como un lugar para colocar a sus protegidos y desviar fondos.
Su nueva oficina era grande y lujosa, pero polvorienta. Era evidente que nadie la había usado en mucho tiempo.
Pidió los informes financieros del último trimestre. Una asistente se los trajo una hora después, dejándolos caer sobre su escritorio sin decir una palabra.
Magdalena pasó la siguiente hora analizándolos. La situación era peor de lo que había imaginado. La empresa estaba desangrándose.
A mediodía, convocó una reunión con los tres gerentes clave: el director de diseño, el director de marketing y el director de operaciones.
Entraron en su oficina con una actitud arrogante, como si le estuvieran haciendo un favor.
—Buenos días —comenzó Magdalena—. Soy la nueva directora general. He revisado los informes y la situación es crítica. Necesito sus planes para revertir estas pérdidas de inmediato.
El director de diseño, un hombre con una bufanda de seda y una expresión de aburrimiento, se encogió de hombros.
—El mercado es difícil. La inspiración no se puede forzar.
El director de marketing se rió.
—Nuestras campañas son excelentes. Quizás el producto no está a la altura.
El director de operaciones, un hombre corpulento con cara de bulldog, la miró directamente.
—Con el debido respeto, señora González, usted no sabe nada de moda. Llevamos años haciendo esto. Déjenos trabajar y no se interponga. El señorito Rodrigo siempre nos ha dado total libertad.


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