Al día siguiente, Don Julio convocó a Magdalena y a Rodrigo a su despacho.
La habitación era el corazón del poder de la familia Solís, un santuario de cuero, madera y secretos.
—Magdalena, ahora que eres parte de esta familia, es hora de que te involucres en el negocio —dijo Don Julio, sentado detrás de su imponente escritorio—. Es tu derecho y tu deber.
Magdalena asintió. Era lo que esperaba.
—Estoy lista para aprender, abuelo.
Rodrigo, de pie junto a la ventana, soltó una risita condescendiente.
—Aprender, dice. Abuelo, los negocios de la familia son complejos. No es como vender verduras en un mercado de pueblo. Se necesita experiencia, una educación adecuada.
—Tu prima es una de las estrategas más brillantes que he conocido —intervino Camilo, que había insistido en estar presente—. Subestimarla sería un grave error.
Rodrigo lo fulminó con la mirada.
—Para demostrar tu valía y para que te familiarices con nuestras operaciones —continuó Don Julio, ignorando la tensión—, he decidido darte tu primera asignación.
Magdalena se inclinó hacia adelante, expectante.
Fue Rodrigo quien respondió, con una sonrisa maliciosa.
—El abuelo ha decidido que te harás cargo de "Solís Couture". La división de moda. Es perfecta para que una mujer empiece, ¿no crees? Algo sencillo, para que no te sientas abrumada.
Magdalena sintió la trampa de inmediato. Recordaba haber leído sobre "Solís Couture" en sus investigaciones. Era la oveja negra del imperio Solís. Una marca de lujo que había sido gloriosa en el pasado, pero que ahora estaba en quiebra técnica, perdiendo millones cada año. Era un pozo sin fondo, un cementerio de ejecutivos.
Darle el control de "Solís Couture" no era una oportunidad. Era una sentencia de muerte profesional. Un encargo diseñado para que fracasara estrepitosamente y demostrara que no era digna del apellido Solís.



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