Mientras el clan Montero se retiraba en desorden, dejando tras de sí un rastro de humillación y copas rotas, el salón de la gala se convirtió en un caos de susurros y miradas furtivas.
Magdalena se había convertido en el centro de un huracán silencioso.
Víctor y el resto del equipo de InnovaTech la rodeaban, eufóricos, felicitándola. Pero ella sentía una mirada sobre sí misma. Una mirada diferente. Intensa, analítica.
Levantó la vista y lo vio.
Un hombre se acercaba a su mesa.
Se movía con una calma y una seguridad que hacían que la multitud se apartara a su paso de forma natural. Era alto, vestía un esmoquin negro hecho a medida que parecía una segunda piel, y tenía un aura de poder tan palpable que silenciaba los murmullos a su alrededor.
Era Camilo González.
Magdalena lo reconoció al instante. El hombre del callejón. El hombre cuyos ojos parecían ver directamente a través de ella.
Ignoró a Víctor y a los demás. Se detuvo frente a Magdalena.
—Señorita Valenzuela —dijo, su voz profunda y resonante.
Magdalena se levantó para quedar a su altura.
—Señor González.
Se miraron durante un largo segundo. No era una mirada social o casual. Era una evaluación. Un duelo silencioso de voluntades.
—Permítame felicitarla —dijo Camilo, y una leve sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—Gracias —respondió ella, cautelosa.

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