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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 27

Magdalena no se sentó.

En lugar de eso, caminó hacia el ventanal, deteniéndose a unos metros de él. Se cruzó de brazos y miró la ciudad debajo de ellos.

—Supongo que no me ha hecho subir ochenta y ocho pisos solo para felicitarme de nuevo, señor González.

Camilo soltó una risa suave y profunda. Le gustó su audacia. La mayoría de la gente entraba en su oficina temblando, abrumada por el poder que representaba. Ella actuaba como si estuviera en su propio territorio.

—Directa. Me gusta. Tiene razón. La he invitado porque anoche demostró ser una estratega brillante. Y yo, señorita Valenzuela, soy un coleccionista de cosas brillantes.

Se acercó a su escritorio y presionó un botón en un intercomunicador.

—Leo, trae los documentos.

Unos segundos después, Leo Montes entró en la oficina. Le dedicó a Magdalena una sonrisa cordial y un asentimiento de cabeza antes de dejar una delgada carpeta de cuero sobre el escritorio de su tío y retirarse en silencio.

Camilo tomó la carpeta y se la extendió a Magdalena.

—InnovaTech es una empresa con un gran potencial, pero carece de capital para una expansión agresiva. El premio les ha dado prestigio, pero el prestigio no paga las nóminas. Necesitan un socio. Un socio poderoso.

Magdalena no tomó la carpeta.

—¿Y ese socio poderoso es usted? —preguntó, arqueando una ceja.

—Estoy dispuesto a invertir cien millones de dólares en InnovaTech —dijo Camilo, soltando la cifra como si hablara del clima—. A cambio, quiero el cuarenta por ciento de las acciones de la empresa.

La oferta era asombrosa. Era suficiente dinero para transformar a InnovaTech de un jugador de nicho a una potencia global. Era más de lo que Víctor Morales podría haber soñado jamás.

Pero Magdalena ni siquiera parpadeó.

—No.

La respuesta, corta y rotunda, suspendió el aire en la oficina. Leo, que estaba a punto de cerrar la puerta, se detuvo en seco. Nadie le decía "no" a Camilo González.

Camilo la miró, su expresión indescifrable, pero sus ojos brillaban con un nuevo nivel de interés.

—¿No? —repitió, casi saboreando la palabra—. Es una oferta más que generosa.

La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Finalmente, Camilo sonrió. Una sonrisa genuina y llena de admiración.

Extendió la mano por encima del escritorio.

—Tiene un trato, señorita Valenzuela. Pero con una condición.

—La escucho.

—Quiero una cena con usted. Una vez a la semana. Para discutir el progreso. Como estratega, no como inversor.

Magdalena lo pensó un segundo. Era un movimiento inteligente. No obtenía el control de la empresa, pero obtenía acceso a su mente.

Estrechó su mano. Su agarre era tan firme como el de él.

—Trato hecho, señor González.

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