Magdalena ignoró deliberadamente la repentina desaparición de los artículos difamatorios.
Sabía perfectamente quién estaba detrás de ese movimiento de poder absoluto. Una parte de ella se sintió extrañamente protegida, pero la otra, la estratega, sabía que no podía depender de Camilo para pelear sus batallas.
El ataque de Romina había sido una declaración de guerra total. Y Magdalena iba a responder de la misma manera.
Estaba en su nueva y reluciente oficina en InnovaTech, un espacio minimalista con una enorme pared de cristal que daba a la sala principal de operaciones.
En la pantalla de su computador estaba el rostro enérgico de Valeria Soto.
—¡Mags, es increíble! ¡Simplemente desapareció! ¡Puf! ¡Como si un dios hubiera chasqueado los dedos! ¡Ese debe haber sido tu misterioso admirador, el Rey Midas! —dijo Valeria, emocionada.
—No tenemos tiempo para hablar de eso, Vale —la interrumpió Magdalena, su tono serio y enfocado—. Necesito tu ayuda. Necesito que investigues a Romina de la Rosa.
La expresión de Valeria cambió de la alegría a una furia helada.
—Lo que quieras. ¿Quieres que le hackee el teléfono? ¿Que le mande una caja de cucarachas? Solo dilo.
—Necesito algo más sutil. Y más letal —dijo Magdalena—. Romina pasó los últimos dos años en Europa antes de volver para seducir a Esteban. Oficialmente, estaba "estudiando arte". Pero sé que no es verdad.
En su vida pasada, Magdalena había escuchado rumores, susurros que Elena Montero siempre se encargaba de acallar. Historias sobre el comportamiento errático de Romina en el extranjero, sobre grandes sumas de dinero que desaparecían. En ese entonces, no les prestó atención. Ahora, esos recuerdos eran un mapa del tesoro.
—Quiero que te centres en sus actividades en Mónaco. Específicamente, en el Casino de Montecarlo. Busca registros de transferencias, marcadores de crédito, cualquier cosa que indique deudas.

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