Esteban se plantó en el centro del escenario, bajo la luz de los focos.
Se sentía en su elemento. La atención, la admiración, el poder. Esto era lo que había nacido para hacer.
—Damas y caballeros, miembros del honorable comité —comenzó, su voz resonando en el salón—. Hoy no vengo a presentarles un proyecto. Vengo a presentarles el futuro de Puerto Santo.
Detrás de él, en la pantalla gigante, apareció el logo del Grupo Montero, seguido de una espectacular representación en 3D de la propuesta "Puerto de Oro".
Magdalena observó desde su asiento, con el corazón tranquilo.
Cada diapositiva, cada gráfico, cada palabra que salía de la boca de Esteban, era un eco de su propio trabajo.
Reconoció las noches en vela, las tazas de café, las horas de investigación meticulosa que había invertido en ese proyecto. Era su obra maestra, el pináculo de su visión estratégica, creada para consolidar el legado de la familia a la que una vez quiso pertenecer.
Esteban continuó, su voz llena de una pasión fingida.
—Nuestro plan se basa en tres pilares: sostenibilidad, innovación tecnológica y crecimiento económico inclusivo. Crearemos más de diez mil puestos de trabajo y transformaremos nuestro puerto en el más avanzado de América Latina.
Sonaba convincente. Sonaba brillante.
Y lo era. En la superficie.
Magdalena observaba a los jueces del comité. Estaban asintiendo, impresionados. Veía a los banqueros en la audiencia susurrando entre ellos, aprobando las proyecciones financieras.
Esteban estaba deslumbrándolos, tal como ella había planeado que lo hiciera.
Él se movía por el escenario, señalando los detalles del plan. La integración de la red logística, el diseño de los espacios comerciales, el sistema de energía renovable. Explicaba cada punto con la confianza de un experto.
Pero Magdalena veía lo que nadie más podía ver.

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