El gran salón de actos del ayuntamiento de Puerto Santo bullía de poder.
Era un espacio cavernoso, con techos altos, columnas de mármol y un pesado aire de importancia. Hoy se decidía el futuro de la ciudad: la adjudicación del proyecto "Puerto de Oro".
Era el desarrollo inmobiliario y comercial más ambicioso en la historia del país. Quien lo ganara no solo se llevaría un contrato multimillonario, sino que redibujaría el mapa económico de la región para las próximas décadas.
Toda la élite de Puerto Santo estaba allí. Banqueros, políticos, magnates de la industria, periodistas. El aire estaba cargado de susurros, de alianzas que se hacían y deshacían con una mirada.
Y en medio de todo ese universo de poder, solo quedaban dos finalistas.
El Grupo Montero, el viejo titán, el heredero por derecho propio de la ciudad.
Y el Consorcio Fénix, un nuevo y audaz conglomerado liderado por InnovaTech, la pequeña empresa que, en cuestión de meses, se había convertido en el David que desafiaba a Goliat.
Magdalena estaba sentada en la primera fila, flanqueada por Víctor Morales y Valeria Soto. Llevaba un traje sastre de color azul oscuro, severo y elegante. Su rostro era una máscara de serenidad, pero por dentro, su corazón latía con la precisión de un cronómetro en una cuenta atrás.
Este era el final del juego.
La batalla que había planeado desde el momento en que despertó en aquella habitación de hospital.
Al otro lado del pasillo, en la sección reservada para el otro finalista, estaba la familia Montero.
Esteban lucía un traje impecable, su arrogancia restaurada por la creencia de que este proyecto era suyo por derecho. A su lado, Elena Montero observaba a la multitud con una sonrisa condescendiente, como una reina inspeccionando a sus súbditos. Romina no estaba. Después del escándalo, había desaparecido de la vida pública.

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