El silencio se rompió cuando el presidente del comité, un hombre mayor de cabello blanco, se aclaró la garganta y se dirigió a Esteban.
Su voz, amplificada por los micrófonos, era gélida.
—Señor Montero, las acusaciones presentadas por la señorita Valenzuela son de una gravedad extrema. ¿Tiene usted alguna respuesta?
Esteban estaba de pie, pero parecía que iba a derrumbarse. Su rostro había perdido todo el color. Miraba la pantalla, donde todavía se mostraban los diagramas de sus fallos, como si estuviera viendo un idioma extranjero.
—Yo… eh… esos datos… deben estar equivocados —tartamudeó, su voz apenas un susurro.
—¿Equivocados? —preguntó otro juez—. Señorita Valenzuela, ¿puede mostrarnos la fuente de sus datos sobre la falla de subsuelo?
—Por supuesto —dijo Magdalena con calma—. Aquí están los informes de nuestro equipo de geólogos, con certificación notarial. Y aquí están los propios informes del Grupo Montero. Si se fijan en el anexo 7B, página 42, verán que el dato está ahí. Simplemente no fue incluido en el resumen ejecutivo. Un descuido, supongo.
La humillación fue total.
No solo había presentado un plan defectuoso; la prueba de su defecto estaba en sus propios documentos. Simplemente, no los había leído. O no los había entendido.
La verdad golpeó a todos en la sala al mismo tiempo.
Esteban Montero, el niño prodigio, el genio de las finanzas, no era más que un fraude. Un actor que leía un guion que no comprendía.
Los susurros se convirtieron en un rugido. Los periodistas garabateaban frenéticamente en sus libretas. Los banqueros que antes lo apoyaban ahora evitaban su mirada, como si fuera un apestado.
Elena Montero estaba rígida como una estatua en su asiento, su rostro una máscara de horror e incredulidad. Su mundo perfecto, su legado, su hijo de oro… todo se estaba haciendo cenizas ante sus ojos.
Esteban perdió el control.

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