El mundo de Camilo se redujo a la oscuridad y al sonido de su propia respiración, controlada y rítmica, a través del comunicador.
Él no estaba en la furgoneta de mando con Leo. Estaba en el terreno, vestido completamente de negro, al frente de su equipo táctico.
Sombra estaba a su derecha, otros dos operativos cubrían la retaguardia. Se movían como una sola entidad, sin hacer un solo ruido, sombras deslizándose entre los contenedores oxidados del muelle.
—Todas las salidas están cubiertas —susurró Sombra en el comunicador—. El dron térmico confirma cinco objetivos en el interior, más el rehén. Cuatro juntos en la sala principal, uno haciendo guardia en la entrada.
Camilo levantó la mano, haciendo una seña. El equipo se detuvo.
Miró la puerta metálica del almacén 7.
No sentía adrenalina. No sentía rabia.
Sentía una calma helada. Una concentración absoluta. Era un estado mental que no había visitado en años, pero su cuerpo y su mente lo recordaban como si fuera ayer.
El objetivo era simple: entrar, neutralizar las amenazas, asegurar al rehén. Sin bajas. Sin errores.
Hizo una serie de señas rápidas con las manos. Eran órdenes silenciosas que su equipo entendió al instante.
Dos hombres se deslizaron hacia la parte trasera del almacén. Otro subió a un contenedor para tener una posición elevada.
Camilo y Sombra se quedaron frente a la puerta principal.
Camilo miró su reloj. Contó hasta tres en silencio.
En el segundo exacto en que llegó a tres, la luz del almacén se apagó. El operativo en el techo había cortado la energía.
Al mismo tiempo, una pequeña carga explosiva detonó en las bisagras de la puerta trasera.
Desde el interior se escuchó un grito de sorpresa y confusión.
Camilo se movió con una velocidad inhumana. Desarmó a un hombre rompiéndole la muñeca. Esquivó un torpe navajazo de otro y lo derribó con un golpe en la sien.
Sombra y los otros dos se encargaron de los restantes. No hubo disparos. Solo el sonido sordo de los golpes, de cuerpos cayendo al suelo.
Todo duró menos de quince segundos.
Cuando las luces de emergencia del almacén parpadearan y se encendieran, los cuatro matones estaban en el suelo, inconscientes o retorciéndose de dolor, siendo esposados por los operativos.
Camilo no les prestó atención.
Sus ojos ya habían encontrado lo que buscaba.
En un rincón, atado a una silla, estaba un hombre mayor, con los ojos muy abiertos por el terror.
Hernán Valenzuela.

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