Elena estaba sentada en el gran salón de la mansión, un vaso de whisky en la mano. Era la primera vez que bebía antes del mediodía en toda su vida.
La casa estaba en silencio. Un silencio sepulcral que era peor que los gritos.
Esteban estaba encerrado en su habitación desde la debacle de "Puerto de Oro". Se negaba a salir, a hablar con ella, a afrontar la realidad.
Romina había vuelto hacía dos días, llorando y suplicando. Se había instalado en una de las habitaciones de invitados, y Elena no había tenido la energía para echarla.
Su mundo se había derrumbado. Su familia era el hazmerreír del país. Su empresa, una ruina. Su hijo, un cascarón vacío.
Estaba contemplando el fondo de su vaso cuando escuchó el ruido.
No fue el timbre.
Fue el sonido brutal de la puerta principal de roble macizo siendo derribada por un ariete.
Se levantó de un salto, el whisky derramándose sobre la alfombra persa.
Una docena de policías uniformados y armados irrumpieron en el vestíbulo.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Elena se quedó paralizada por el shock. ¿Policías? ¿En su casa? Era un escenario tan imposible que su cerebro no podía procesarlo.
El detective Herrera entró, seguido de sus hombres.
—Elena Montero —dijo, sin ningún rastro de deferencia—. Estamos aquí para arrestar a su hijo, Esteban Montero, y a Romina de la Rosa.
Esteban y Romina bajaron corriendo por las escaleras, atraídos por el ruido.
Cuando vieron a la policía, se quedaron helados.
—¿Arrestarnos? ¿Por qué? ¡Esto es un error! —gritó Esteban, su voz aguda por el pánico.


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