La sala de juntas era enorme, con una mesa de caoba que podía sentar a treinta personas y una vista panorámica de la ciudad.
Era la sala de juntas principal del Grupo Montero.
Pero los letreros dorados con el nombre de la familia ya habían sido retirados.
Magdalena estaba sentada a la cabecera de la mesa. A su derecha, Camilo González. A su izquierda, Víctor Morales y Valeria Soto.
Frente a ellos estaban los abogados y los administradores de la quiebra del que una vez fue el mayor imperio constructor del país.
—Como pueden ver en los documentos —dijo uno de los abogados, sudando bajo la presión—, la deuda del Grupo Montero es insostenible. Con la caída de las acciones y la retirada de todos los inversores tras… el incidente… la única opción es la liquidación total de los activos.
Magdalena miró los papeles. Era una lista de todo lo que los Montero habían poseído. Edificios, terrenos, maquinaria, patentes.
Todo a la venta a precio de saldo.
—El Consorcio Fénix, junto con el conglomerado del señor González —anunció Magdalena, su voz resonando en la sala—, presenta una oferta conjunta para adquirir la totalidad de los activos del Grupo Montero.
El abogado miró la cifra en el papel que ella le deslizó. Sus ojos se abrieron de par en par. Era una oferta ridículamente baja, casi un insulto. Pero era la única oferta sobre la mesa.
No tenían otra opción.
—Aceptamos —dijo el abogado, derrotado.
Víctor Morales miraba a Magdalena con una admiración que rayaba en la devoción. Habían pasado de estar al borde de la extinción a devorar al gigante que casi los destruye.
Valeria le guiñó un ojo.
—Bien jugado, jefa.

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