Más tarde esa noche, después de una cena sencilla que prepararon juntos, Camilo la llevó al muelle de madera que se adentraba en el lago.
La luna llena era un disco de plata en el cielo, y miles de estrellas brillaban con una claridad que nunca se veía en la ciudad. El único sonido era el suave murmullo del agua contra los pilotes de madera y el canto de los grillos.
Se sentaron en el borde del muelle, con los pies colgando sobre el agua oscura y profunda.
—Mi padre solía traerme aquí cuando era niño —dijo Camilo, rompiendo el cómodo silencio—. Decía que no importaba cuán grande fuera tu imperio, siempre necesitabas un lugar donde el mundo no pudiera encontrarte.
Magdalena apoyó la cabeza en su hombro. Se sentía increíblemente bien, increíblemente correcto.
—Tenía razón. Es perfecto.
Hablaron durante horas. No de negocios, ni de venganza. Hablaron de cosas sencillas. De los libros favoritos de ella, de los lugares a los que él había viajado, del sueño de su abuelo de construir un pequeño velero.
Era la conversación más normal y a la vez más íntima que Magdalena había tenido en su vida.
Cuando una brisa fría sopló desde el lago, Camilo se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de ella.
El gesto la envolvió en su calor y su aroma.
—Magdalena —dijo él de repente, su tono volviéndose serio.
Ella se enderezó un poco para mirarlo a la cara. La luz de la luna cincelaba sus facciones, haciéndolo parecer una estatua griega.
—He estado pensando en el futuro. En nuestro futuro.

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