Después del torbellino de arrestos, quiebras y adquisiciones, el silencio se sentía extraño, casi ensordecedor.
Magdalena no se había dado cuenta de lo tensa que había estado hasta que Camilo la sacó de la ciudad.
La llevó a una casa de campo que poseía en las montañas, un refugio de madera y cristal escondido junto a un lago de aguas tan quietas que parecían un espejo del cielo.
El aire olía a pino y a tierra húmeda. Era el primer momento de paz real que Magdalena había tenido en lo que parecía una eternidad.
Estaba de pie en la terraza, mirando el lago, con una taza de té caliente entre las manos. Por primera vez en meses, no estaba planeando un ataque, analizando un informe financiero o anticipando la traición de un enemigo.
Simplemente estaba respirando.
Sintió la presencia de Camilo detrás de ella antes de que él hablara. Él se detuvo a su lado, sin tocarla, simplemente compartiendo el silencio y la vista.
—Te ves tranquila —dijo él, su voz era un murmullo grave.
—Hacía mucho que no me sentía así —admitió ella—. Como si pudiera bajar la guardia.
—Puedes hacerlo. Aquí no hay nadie que quiera hacerte daño.
Magdalena lo miró. A la luz suave del atardecer, el aura de depredador implacable que siempre lo rodeaba parecía haberse atenuado. Las duras líneas de su rostro se veían más suaves. Parecía… cansado.
—Tú también te ves diferente —dijo ella.
Él soltó una pequeña risa, un sonido que rara vez escuchaba.
—Supongo que la aniquilación de mis rivales me relaja.
Ella sonrió, pero sabía que había algo más.



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