La felicidad de Magdalena era tan brillante y palpable que Camilo sentía que podía tocarla. Verla sonreír sin el peso del mundo sobre sus hombros, verla dormir tranquilamente a su lado, se había convertido en su nueva adicción.
Por eso, el informe que Leo había puesto sobre su escritorio se sentía como una bomba de tiempo.
Lo había leído tres veces. El informe del accidente. El nombre de la familia: Solís. La niña desaparecida.
Cada palabra era una pieza de un rompecabezas que no quería resolver, porque temía la imagen final.
Decidió, con el corazón pesado, no decirle nada a Magdalena. No todavía. Su felicidad era demasiado nueva, demasiado frágil. No iba a ser él quien la rompiera con un misterio que ni él mismo entendía.
Pero el silencio no significaba inacción.
Al día siguiente, mientras Magdalena estaba en una reunión en InnovaTech, Camilo convocó a Leo a su oficina. La oficina que ahora ocupaba en el antiguo edificio del Grupo Montero, un símbolo de su victoria total.
—Quiero saberlo todo sobre la familia Solís —dijo Camilo, su voz desprovista de cualquier emoción. Era el tono que usaba cuando estaba a punto de desmantelar a un competidor.
Leo, de pie frente al escritorio, asintió.
—Ya he empezado, tío. Son… de otro nivel. No son como los Montero. Los Solís son dinero viejo. Muy viejo. Su fortuna se remonta a la época colonial. Controlan la minería, la banca… Operan desde la capital, y lo hacen en las sombras. No les gusta la publicidad.
—No me importa si no les gusta —dijo Camilo, su mirada era dura como el acero—. Quiero saber su estructura familiar, sus activos, sus enemigos. Quiero saber qué desayuna el patriarca y a qué hora saca a pasear al perro. Moviliza a todo nuestro equipo de inteligencia. El equipo de Europa, el de Asia. No quiero dejar ninguna piedra sin remover.
Leo parpadeó, sorprendido por la magnitud de la orden. No estaban investigando a una empresa. Estaban declarando una guerra silenciosa a una de las dinastías más poderosas del país.


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