Dos días después, Leo entró de nuevo en la oficina de Camilo. Parecía cansado, pero sus ojos brillaban con la excitación de un cazador que ha encontrado un rastro importante.
Dejó una tableta sobre el escritorio de caoba.
—Tenías razón, tío. La familia Solís es una fortaleza. Pero hasta las fortalezas tienen grietas.
Camilo tomó la tableta. En la pantalla había un árbol genealógico.
En la cima, un nombre: Don Julio Solís. Ochenta años. El patriarca. Un hombre que, según los informes, podía hacer o deshacer ministros con una sola llamada telefónica.
—Don Julio tuvo dos hijos —explicó Leo, señalando la pantalla—. El mayor, Ricardo, es el heredero aparente. Un hombre de negocios tan despiadado como tú, pero sin tu encanto. Y la menor… Lidia Solís.
Tocó el nombre de Lidia. Apareció una foto borrosa, de un periódico antiguo. Una joven de sonrisa amable y ojos soñadores.
—Lidia era la rebelde de la familia. Se enamoró de un músico, un hombre sin apellido ni fortuna. Don Julio se opuso radicalmente a la relación. Pero Lidia se casó con él en secreto.
Leo pasó a la siguiente página del informe.
—Hace veinte años, no dieciséis como decía el primer informe, Lidia tuvo una hija. Seis meses después, el coche en el que viajaba con su marido y la bebé se salió de una carretera de montaña. El coche se incendió. El marido murió en el acto. El cuerpo de Lidia fue encontrado, pero… el de la bebé nunca apareció.
Camilo sintió un escalofrío. Veinte años. La edad de Magdalena era veintiuno. La cronología encajaba.


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