Camilo sostuvo la fotografía en sus manos.
No era una copia digital en una pantalla. Era la fotografía original, de papel, que el viejo policía le había guardado durante veinte años.
La luz de su oficina caía sobre el rostro sonriente de Lidia Solís.
Y era como mirar un fantasma.
El parecido con Magdalena era asombroso, innegable. Era como ver el rostro de su esposa despojado de la dureza que la vida le había enseñado, con una capa de inocencia y felicidad despreocupada.
Pero eran los mismos ojos. La misma alma mirándolo desde el pasado.
Leo estaba de pie frente a él, en silencio, esperando.
Camilo dejó la foto sobre el escritorio, junto al informe del accidente y el árbol genealógico de los Solís.
Todas las piezas estaban ahí.
El abuelo todopoderoso. La hija rebelde. El matrimonio no deseado. El "accidente". La bebé desaparecida. El policía honesto silenciado.
Y veinte años después, su esposa. Una genio de los negocios con un pasado borroso y un abuelo carpintero que la había criado en un pueblo humilde, lejos de todo.
La historia que Hernán Valenzuela había contado, que los padres de Magdalena habían muerto en una enfermedad cuando ella era pequeña, ahora sonaba a lo que probablemente era: una mentira para protegerla.
Camilo ya no tenía dudas. Quizás quedaba un uno por ciento de incertidumbre, el porcentaje que un hombre lógico siempre se reserva. Pero su instinto, el mismo que le había hecho ganar miles de millones y sobrevivir en un mundo de depredadores, le gritaba la verdad.
Magdalena era la nieta de Don Julio Solís. La heredera de uno de los imperios más grandes y secretos del país.


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