Camilo la encontró en el salón, de pie frente al gran ventanal que daba al océano. La luz del atardecer la envolvía en un halo dorado.
Se acercó a ella en silencio. Ella no se giró. Podía sentir la tensión en su cuerpo.
—Sabía que no era un asunto de negocios —dijo ella, su voz era queda—. Lo he sabido toda la semana.
Él se detuvo a su lado.
—Magdalena, hay algo que debo contarte. Es… complicado. Y no hay una manera fácil de decirlo.
Ella finalmente lo miró. Su expresión era seria, preparada para lo peor.
—Solo dilo, Camilo.
Él respiró hondo. Sacó la fotografía de su bolsillo y se la entregó.
—¿Quién es ella? —preguntó Camilo suavemente.
Magdalena miró la foto. Vio a una joven con una sonrisa radiante, una mujer que nunca había visto en su vida, pero que le resultaba inquietantemente familiar. Era como mirarse en un espejo distorsionado por el tiempo.
—No lo sé —susurró, confundida—. Se parece a mí.
—Se llamaba Lidia Solís —dijo Camilo—. Era la hija de Don Julio Solís, de la capital.
Magdalena levantó la vista, el nombre no significaba nada para ella.
—Hace veinte años, Lidia, su marido y su bebé de seis meses tuvieron un accidente de coche. Ellos murieron. Pero la bebé… desapareció. Nunca la encontraron.
El corazón de Magdalena empezó a latir con fuerza, un tambor sordo en sus oídos. No entendía por qué le contaba esa historia trágica.
—Camilo, ¿qué tiene que ver esto conmigo?
Él tomó sus manos. Estaban heladas.
—El accidente ocurrió en la carretera de montaña cerca del pueblo donde creciste. Ocurrió justo antes de que tu abuelo… te encontrara.
El mundo se detuvo.
Las palabras de Camilo parecieron colgar en el aire, sin sentido.
¿Encontrarme?
Un torbellino de preguntas la asaltó. Si era verdad, ¿quién era ella realmente? ¿Quién era el abuelo que la había criado? ¿Y sus padres? ¿No habían muerto de una enfermedad, sino en un accidente?
Un accidente que, según le dijo su instinto, probablemente no lo fue.
Se sintió como una extraña en su propia vida.
Toda su identidad, todo su pasado, se disolvió en un instante, dejándola a la deriva en un océano de incertidumbre.
Camilo la abrazó, sintiendo sus temblores.
—Estoy aquí —le susurró al oído—. Sea cual sea la verdad, la afrontaremos juntos.
Pero Magdalena apenas lo oía.
Estaba perdida en el rostro de la mujer de la fotografía.
Su madre.
Una palabra que nunca había tenido un rostro, y que ahora la miraba desde el abismo de un pasado robado.

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