—Ah, sobrino. Ni siquiera necesito un duelo para tomar el lugar que me corresponde como salvador del clan —dijo, mostrándole sus garras—. Es un derecho que he ganado.
—Depende de tu definición de salvación, traidor. ¿Acaso dejarlos morir de hambre en un territorio tan vasto es para ti una victoria? No, tú no mereces ser el Alfa.
Hubo un silencio mortal en la cueva.
Mientras discutían, yo intentaba liberarme sin éxito.
—Los he salvado a todos —volvió a insistir, acercándose peligrosamente a Mikael con las garras afuera—. Ahora todos serán capaces de concebir y de vivir más de los míseros treinta años que el anterior idiota en el trono había vivido.
—Lo que dices es imposible —Mikael comenzó a retroceder para salir de la cueva—. Ven y pelea. Nuestra deidad bendecirá al ganador y condenará al traidor.
—Eres un cachorro con demasiada fe en ti mismo —dijo, arqueando una ceja.
Escuché algunas risas de parte de aquellos que me retenían.
—Está bien, cumpliré tu deseo de una muerte prematura… y después volveré por mi verdadero premio…
La forma en la que me miró me dio escalofríos. El traidor siempre había tenido una insana obsesión conmigo que había callado durante años.
—El clan siempre ha sido mío para liderar. Aunque caiga aquí, no serás el verdadero Alfa.
—¿Lo dices porque aún me faltaría deshacerme del otro cachorro inútil? —preguntó, refiriéndose a mi otro sobrino, Daniel—. Ese no es un problema. Lo venderé igual que hice con el resto de los cachorros…
Eso fue lo último que escuché antes de que Mikael lo sacara de la cueva.
Todos los que se quedaron permanecieron quietos.
Miré hacia el rincón donde nuestro clan se acurrucaba.
Allí… no había cachorros.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos.
Yo era parte de la familia Alfa. Debía protegerlos… y fallé.
Ahora mismo, le estaba fallando a Mikael.
Mis sentidos iban y venían, al igual que el brillo en mi cuerpo.


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