—Gavin estaba conmigo —le dije, mirando por encima del hombro hacia él. Se había quedado un poco más atrás, dándonos espacio para hablar.
Nan asintió. —Sí, pero no conocemos a esa tal Coraline. Por lo que sé, podría ser una bruja todopoderosa con malas intenciones. ¿No te hizo nada, verdad?
Negué con la cabeza y le aseguré. —Te lo prometo, estoy bien.
Sus ojos recorrieron mi rostro, como si buscara alguna señal que la convenciera del todo. Al final, no insistió más, soltó un suspiro y dio un paso atrás.
—¿Y cómo te fue? —preguntó.
—Tal vez sea mejor hablar de eso más tarde —intervino Gavin, rodeándome los hombros con un brazo protector—. Fue un día muy largo, y Judy necesita descansar, está agotada.
Asentí, aunque una parte de mí quería contarle todo a Nan. Sin embargo, algo dentro de mí me pedía silencio, al menos por el momento, hasta entender qué estaba pasando y qué debía hacer a continuación.
Nan frunció el ceño mientras me observaba con atención.
—¿Qué tal si hacemos una noche de películas? —propuso—. Nos olvidamos de todo y solo pasamos el rato, como antes...
Había tanta esperanza en su mirada que no quise negarme.
—Una noche de películas suena perfecto —le respondí.
—Les prepararé las palomitas —dijo Gavin, dándome un beso suave en la mejilla antes de darse la vuelta y entrar a la villa.
Lo seguí con la mirada, el corazón se me llenó de cariño al verlo alejarse. Nan entrelazó su brazo con el mío y me condujo hacia la puerta principal.
—Pero luego me cuentas todo, ¿sí? —preguntó en voz baja.
—Claro —le aseguré—. No te preocupes, te lo contaré todo pronto... pero créeme, es fuerte.
—Me dejas al borde del asiento —bromeó.
Pasamos las siguientes horas comiendo palomitas, charlando sin pensar demasiado y viendo una comedia romántica bastante cursi. Cuando la película estaba llegando a su fin, el sueño me venció; apenas lograba mantener la cabeza erguida y los párpados me pesaban por el cansancio.



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