Punto de vista de Gavin
Los olí antes de escucharlos, y en el acto supe que algo andaba mal.
Los forasteros no solían acercarse tanto a mi territorio, al menos no así, no de esa manera, y desde luego no sin ganas de morir. Tampoco se movían con un propósito tan claro.
Estos no vagaban ni buscaban comida, sino que iban directo a mi maldita casa.
Corrí y cambié de forma en plena carrera. Mis músculos se contrajeron, mis huesos se reacomodaron y mi lobo tomó el control de inmediato. La vista se me agudizó y los olores estallaron en mi nariz. Eran dos forasteros machos, mal alimentados y desesperados.
Un gruñido me arrancó la garganta, fue tan potente que resonó por todo el patio.
No fui el único que los percibió; Erik estaba allí, junto con varios de mis Gammas listos para pelear. Me volví hacia Erik, con los ojos de mi lobo ardiendo de furia contenida.
—Necesito que revises a Judy —le indiqué—. También a Irene y a Matt, tengo que asegurarme de que mi familia esté a salvo. Hay Gammas dentro, pero necesito a alguien en quien confíe para vigilarlos.
—También quiero ver a Irene —gruñó él a través de nuestro enlace mental.
—Necesito que hagas esto por mí, Erik. Asegúrate de que mi compañera esté bien, porque Irene es fuerte y puede arreglárselas sola por un momento. Dudo que algún forastero haya entrado, pero necesito estar seguro, necesito saber que mi familia está a salvo, todos ellos.
El enorme lobo de Erik asintió antes de darse la vuelta y salir disparado hacia la villa. Yo no perdí más tiempo, volví a encarar a los forasteros.
El primero se lanzó hacia los escalones que llevaban a la puerta trasera, así que me estampé contra él antes de que llegara a la mitad y le clavé los dientes en el hombro. Aulló de dolor, pero siguió luchando, era como si algo más fuerte que el miedo lo empujara.
El segundo corrió junto a la valla, y Taylor se le echó encima, arrojándolo contra un parche de nieve. Rodaron por el suelo, se mordieron y se arañaron levantando tierra. Ni siquiera me di cuenta de que Taylor se había unido a la pelea hasta que ya estaba allí. Su lobo era grande, imponente, y tenía sangre fresca entre los dientes por un forastero al que acababa de abatir.
Miré a mi Beta con orgullo.
El forastero al que había derribado se retorcía bajo mi peso, con espuma en la boca y la mirada vidriosa. Lo despaché rompiéndole el cuello rápidamente, de un solo movimiento. Sin dudar, sin piedad.
Unos segundos después, Taylor terminó con el suyo. Jadeaba con fuerza mientras la sangre le escurría por la mandíbula.
—¿Estás bien? —preguntó por el enlace mental.
No le respondí sino que alcé la cabeza y miré hacia arriba hasta encontrar la ventana, hasta ver su silueta. Sabía que me estaba observando, y el corazón me dolió al pensar que estaba viendo aquella escena brutal.


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