Punto de vista de Gavin
En el momento en que nos detuvimos frente a la habitación de Megan Churchill en el hospital, sentí que algo se tensaba en mi pecho.
Ya no creía en las coincidencias.
23 años en coma, siendo mantenida con vida a través de máquinas; oculta, protegida y encerrada, todo a la vez. Y ahí estaba mi compañera; embarazada, poderosa y ya cargando demasiado sobre sus hombros, de pie junto a mí, a punto de enfrentarse a otro fragmento de un pasado que nunca debió haberla tocado.
Apreté la mano de Judy sin siquiera darme cuenta.
Sintiendo su ansiedad y preocupaciones, solo quería arrancárselas. Si hubiese podido protegerla de esos sentimientos, lo habría hecho en un instante. No obstante, ella contemplaba la puerta con ojos llenos de inquietud y el labio inferior atrapado entre sus dientes.
—No tienes que entrar todavía —le dije en voz baja—. Podemos ir a otro lugar durante un rato para que aclares tu mente.
Me miró, y por un segundo noté una vulnerabilidad hacerla titubear, pero buscó algo en mis ojos y entonces, algo más destelló en los suyos: fue una determinación cruda, esa que pertenecía a la Judy que conocía tan bien y que amaba con cada latido de mi corazón.
—Debemos hacerlo ahora —repuso, sin apartar la vista—. Necesito acabar con esto.
—Debería advertirles —intervino Eliza, observándonos fijamente; por un momento, había olvidado su presencia—. Ha estado en coma durante mucho tiempo, y esta es la zona más alejada del hospital, donde los pacientes a menudo son olvidados… eso significa que no la han cuidado bien, así que no hay forma de saber qué nos espera dentro.
Asentí y atraje a Judy un poco más cerca de mí.
—Estoy lista —dijo ella, inhalando hondo.
Eliza asintió y abrió la puerta de la habitación. Cuando entramos, mantuve mi mano en la parte baja de su espalda mientras avanzábamos.
La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor de los monitores y las máquinas. El pitido constante de un monitor cardíaco llenaba el espacio, con un sonido lento y regular. El aire olía a limpio, estéril, pero debajo latía algo más, algo antiguo. Era como si el mismo tiempo se hubiera acumulado en las esquinas.
Megan Churchill yacía en la cama, pálida e inmóvil, aunque parecía más joven de lo que debería.
Su cabello rubio mostraba vetas plateadas, pero su rostro… su rostro parecía preservado, casi intacto a pesar de los años, era como si el tiempo se hubiera detenido en el instante en que su cuerpo se rindió. Unos tubos salían de sus brazos y un respirador movía su pecho en un lento ritmo mecánico.
El cuerpo de Judy tembló levemente a mi lado, y me encontré acercándome aún más, cerrando la pequeña distancia entre nosotros.
Ella dio un valiente paso hacia adelante, y yo la seguí, notando que avanzaba como si tuviera miedo a que la habitación la rechazara, contemplando el rostro de Megan con la respiración entrecortada.

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