Muchas veces, incluso solían echarle en cara sus fracasos, despreciando todo el esfuerzo que ella ponía en su trabajo...
Daisy tenía un carácter aguerrido, no era de las que se daban por vencidas.
Cuanto más la menospreciaban, más empeño ponía en demostrarles de lo que era capaz.
Por eso, los problemas que enfrentaba ahora con su emprendimiento no le parecían tan graves.
Era algo que ya esperaba.
Esta noche, en la reunión con tragos, había varias caras conocidas.
Daisy reconoció entre los presentes al presidente Jiménez de Grupo Mercantil Andino, a Navarro, presidente de Innovación GlobalCon, a Cristian de Inversiones Solaria, además de otros directores de empresas de inversión.
En realidad, fue Lorenzo quien le pasó el dato sobre esa reunión.
Quizá buscaba compensar un poco por no haber cumplido antes con lo que le había prometido.
De cualquier forma, todos ahí, viejos zorros en el negocio, supieron de inmediato que la presencia de Daisy era cosa de Lorenzo, y hasta le reclamaron por jugar chueco.
Para calmar los ánimos, Daisy se sirvió tres tragos como castigo y les explicó que ella misma había pedido la ayuda de Lorenzo.
Lorenzo intervino y soltó:
—Señores, no es fácil empezar un negocio, y menos para la señorita Ayala. Échenle la mano, ¿no? Si hay lana, pues que todos ganemos juntos.
El presidente Jiménez, con esa sonrisa de lobo disfrazado de cordero, le contestó:
—¿Cuándo ha sido fácil emprender? Todos los que estamos aquí la tuvimos que remar igualito. No solo nosotros, hasta el presidente Aguilar de Grupo Prestige pasó por lo mismo. Eso de levantarse cada día antes del amanecer, señorita Ayala, usted lo conoce mejor que cualquiera.
Se acomodó en su asiento y, con una voz cargada de burla, agregó:
—Si no puede aguantar la presión, mejor vuelva a ser la mano derecha del presidente Aguilar, ¿no cree?
Su comentario era puro veneno, solo buscaba vengarse porque Daisy una vez lo había rechazado.
—Gracias, presidente Jiménez, por compartir su experiencia. Yo voy a seguir dando lo mejor de mí —dijo Daisy con una sonrisa tranquila, sin dejarse afectar por la provocación.
Otro de los presentes se sumó al juego:
—Señorita Ayala, si ya no quiere regresar a Grupo Prestige, siempre puede venirse conmigo como mi secretaria. Justo ando buscando a alguien capaz y, si me permite decirlo, tan guapa como usted.
—Si hablamos de eso, tendrás que hacer fila. Yo le ofrecí el puesto de secretaria a la señorita Ayala mucho antes que tú —añadió otro, medio en broma, medio en serio.
—Ahora que lo pienso, nunca he tenido el honor de que la secretaria principal de Grupo Prestige me invite un trago. Es que antes nuestra empresa era tan chica que ni nos volteaba a ver.
Quien hablaba era el director de una empresa que, durante un proyecto anterior, había sido rechazado por Daisy en Grupo Prestige.
Luis no tenía ni la más mínima intención de disimular que quería humillar a Daisy, y los demás preferían guardar silencio.
Daisy apretó con fuerza el vaso, luchando por mantener la calma.
El ambiente se volvió tenso.
Cuando Luis estaba a punto de volver a atacarla, dos personas aparecieron en la puerta.
Uno de ellos le habló:
—Luis, ya basta. Vane se siente mal de tanto beber.
La sangre de Daisy se congeló al escuchar esa voz tan conocida.
Oliver, sin mirarla siquiera, pasó de largo, pero Daisy sintió una incomodidad que le caló hasta los huesos.
No podía evitar pensar que su aparición tan oportuna era como una burla hacia ella.
Como si le estuviera diciendo:
"Mira, sin mí solo puedes acabar así."

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