—No se va a morir.
La voz que salió del asiento trasero sonó apagada, llena de cansancio.
Juan, al volante, miró con cautela a través del retrovisor para ver la expresión de Oliver.
No pintaba nada bien.
Ya en el hospital, Juan notó por primera vez la herida en la mano de Oliver.
Era grave: desde el dorso hasta la palma se veía hinchada y enrojecida, con manchas que delataban un golpe fuerte, como cuando te atoras la mano con la puerta.
El doctor, al ver el estado de la mano, frunció el entrecejo y comentó con seriedad:
—Si el golpe hubiera sido un poco más fuerte, seguro terminabas con fractura.
Las palabras del médico le sacaron un sudor frío a Juan. No podía evitar imaginar el dolor.
Cuando Oliver terminó de atenderse la mano, le pidió a Juan que lo llevara a otra sala del hospital.
Mario seguía despierto, recostado en la cama, hojeando la última edición de una revista de negocios.
El personaje de portada era justo Oliver.
La sesión de fotos se había hecho tres meses atrás, cuando Daisy aún trabajaba en Grupo Prestige.
Por eso el conjunto de ropa que llevaba Oliver, tan elegante y a la moda, había sido acordado entre Daisy y el equipo de la revista.
Le sentaba perfecto.
En cuanto Oliver entró, Mario cerró la revista de golpe y la aventó sin cuidado a un lado, fingiendo total desinterés.
Como si le diera igual.
Oliver recogió la revista, la hojeó con calma y soltó:
—Salió bastante bien la foto.
Mario, con tono sarcástico, le tiró:
—Pura fachada, nada más.
Oliver ya estaba curado de espanto con ese tipo de comentarios. Sin inmutarse, reviró:
—¿No es igual que tú?
En ese momento, Susana entró y se topó con la típica discusión de los dos. Se apresuró a interrumpir:
—Ya, ya, ¿por qué no se tranquilizan un poco?
Sus ojos se clavaron en la mano de Oliver, envuelta en vendas. Se alarmó al instante y preguntó:
—Oli, ¿qué te pasó en la mano? ¿Por qué estás así? ¿Está muy grave?
Oliver contestó con un tono tan neutro que parecía que hablaba del clima:
—Me caí por descuidado, no es para tanto.
Juan no pudo evitar lanzarle una mirada más a Oliver.
Eso quería decir que Daisy sí recibía sus mensajes, pero prefería ignorarlos por completo.
A Oliver se le escapó una sonrisa, entre resignada y divertida.
—Qué desconsiderada eres —murmuró.
...
Entretanto, la vida de Daisy no cambió en absoluto por los mensajes de Oliver.
Los veía llegar, pero ni siquiera abría la conversación.
No le interesaba en lo más mínimo saber qué tenía que decirle, así que los dejaba pasar.
Por otro lado, los resultados preliminares del modelo ligero de Alma Analítica superaron todas las expectativas, lo cual animó al equipo entero.
Ahora todos soñaban con que Alma Analítica brillara en la Cumbre de Inteligencia Artificial San Martín.
Un día antes de su viaje de trabajo, Daisy aprovechó para llevar a Cintia al hospital a su revisión postoperatoria.
Mientras esperaban los resultados, se toparon con Susana en el pasillo.
—¿Daisy? —La voz de Susana sonó llena de alegría—. Por fin te dejas ver por aquí. Oli siempre dice que estás tan ocupada que mejor no te molestemos.
Daisy se detuvo un instante antes de preguntar:
—¿Oliver está enfermo?

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