Vanesa asintió con calma y siguió a Luis hacia el privado.
—¿Tú crees que Yeray sí se está enamorando de Daisy? —preguntó Luis en cuanto cerraron la puerta, con una mezcla de recelo y fastidio en la voz.
Vanesa, tranquila como si nada, contestó sin dudar:
—No.
—¿Por qué estás tan segura?
A diferencia de ella, Luis no podía ocultar su inquietud. Si de verdad Daisy y Yeray terminaban juntos… ¿acaso tendría que empezar a llamarla “cuñada”? Solo de pensarlo se le revolvía el estómago.
—No hay motivo para preocuparse. Yeray jamás se fijaría en ella.
Y la razón, Vanesa la tenía clarísima. Sabía que Yeray guardaba a alguien en su corazón, tan profundo que, incluso después de seis años de relación, ella nunca logró averiguar de quién se trataba. Ni siquiera tenía un nombre. Así de hondo guardaba ese secreto.
En cuanto a Daisy… Vanesa apenas soltó una risita despectiva. Quizá era igual que cualquier otra de las mujeres que Yeray había tenido: un simple pasatiempo, nada serio.
De hecho, le parecía perfecto. Así se aseguraba de que entre Daisy y Oliver no hubiera ninguna posibilidad, y encima, Daisy terminaría siendo utilizada y despreciada. Cuando Yeray se cansara y la dejara tirada, Daisy se convertiría en el hazmerreír de todo San Martín. Ninguna de las familias poderosas volvería a darle la bienvenida.
Solo de imaginarlo, Vanesa sintió cómo se le despejaba el mal humor de los últimos días.
Aprovechando el momento, mientras comían, le preguntó a Luis por el asunto de Banco Unión Central.
—Mi papá lo mencionó alguna vez, pero desde que Yeray volvió y reorganizó todo, la mayoría de los proyectos pasaron a sus manos. Mi papá ya ni puede meter las manos ahí —respondió Luis, encogiéndose de hombros.
Vanesa no insistió. Sabía que era información delicada y no quería levantar sospechas.
—Solo tenía curiosidad —dijo con tono casual—. El otro día escuché a alguien hablar del proyecto en una reunión, decían que era una apuesta segura, pura ganancia.
Apenas oyó “pura ganancia”, los ojos de Luis brillaron.
—Déjame ver si puedo averiguar algo más. Si hay novedades, te aviso de inmediato. ¡Si hay dinero que ganar, lo ganamos juntos!
Vanesa dibujó una sonrisa silenciosa, satisfecha.
—Quebró... vaya, suena medio de mala suerte —dijo Daisy, tanteando el terreno.
El agente se le quedó viendo nervioso, pero enseguida sonrió:
—Mire, señorita, le puedo ofrecer seis meses sin cobrarle renta ni mantenimiento. Además, con esa cara de éxito que tiene, seguro que aquí le va a ir excelente.
En el fondo, Daisy sabía que estaba regateando a propósito, buscando una mejor oferta. Pero jamás imaginó que el agente aceptaría tan fácil y le soltara medio año gratis.
Eso sí que era señal de buena fortuna.
Firmó el contrato en ese instante.
Ya con las llaves en la mano, Daisy se paró frente al ventanal de la oficina, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza.
Por fin, tenía su propia empresa.

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