—Ya estamos viejos, no entendemos estas cosas nuevas, pero mi hijo lleva un par de años investigando sobre esto. ¡Lo llamo para que venga a platicar contigo! —exclamó Gregorio, tan emocionado que de inmediato sacó su celular y marcó.
Daisy frunció el ceño apenas un instante.
Recordó que el hijo de Gregorio no era otro que Fernando. Y justo hacía poco más de una hora, ella y Fernando habían tenido un desacuerdo. Sin embargo, cuando se trataba de trabajo, Daisy sabía separar los asuntos personales. Confiaba en que Fernando también lo haría.
Fernando, después de todo, no era igual que Luis; tenía cierto nivel.
Al regresar de estudiar en el extranjero hacía dos años e integrarse a Motores del Chaco, Fernando se había dedicado por completo a impulsar la reforma del sector automotriz, apostando por energías limpias y carros con conducción autónoma.
En ese momento, Fernando se encontraba en Terraza Montecarlo, acompañando a Vanesa y Luis en una partida de golf. Oliver aún no llegaba, así que los dos hombres hacían tiempo y entretenían a Vanesa.
Cuando Gregorio le explicó la situación por teléfono, Fernando se despidió de sus compañeros:
—Mi papá quiere que vaya a ver a unos colegas del gremio. No tardo, regreso rápido.
—¡Apúrate! Cuando llegue Oli, vamos a echarnos una partida —le aventó Luis, mientras Vanesa reía.
Fernando, siguiendo las instrucciones de su padre, localizó el salón privado donde se llevaban a cabo las reuniones importantes. Antes de entrar, se acomodó la camisa y el saco, decidido a causar buena impresión ante los empresarios veteranos.
Entró sonriente, saludando al grupo con amabilidad. Sin embargo, al ver a Daisy sentada ahí, su sonrisa se congeló de golpe.
Daisy ni lo miró; se limitó a concentrarse en su taza de té, aparentando indiferencia.
Gregorio, notando la torpeza de su hijo, lo jaló del brazo y le susurró:
—¿Qué haces ahí parado? ¡Anda, saluda a la presidenta Ayala!
¿Presidenta Ayala? Fernando parpadeó, confundido.
Gregorio aclaró con voz orgullosa:
Luis, ese tipo... ¿será que le tocó apechugar con lo que dejó?
A pesar del ambiente tenso, Fernando tenía conocimientos sólidos en su campo, así que comenzó a conversar con Daisy sobre sus ideas para revolucionar la industria automotriz mediante inteligencia artificial.
Tal vez para demostrar su dominio, o quizás porque quería dejar en claro su nivel, Fernando no escatimó en términos técnicos y conceptos complejos. Él seguía creyendo que Daisy era solo una inversionista con suerte, que había aterrizado en Alma Analítica por un golpe de fortuna. Seguramente —pensaba él—, no tenía idea de los detalles técnicos, y si estaba en esa mesa era gracias a Mario.
Había oído rumores de que Daisy tenía talento para manipular a la gente, y ese día comprobó que esa mujer era mucho más hábil de lo que creyó.
Daisy, sin embargo, percibió enseguida que Fernando intentaba ponerla en aprietos con sus tecnicismos y preguntas enrevesadas.
Lo que Fernando no sabía era que Daisy, como secretaria de Oliver en Grupo Prestige, había tenido que prepararse a fondo para cada proyecto en el que participaba. Invertir en áreas tan distintas la obligó a estudiar, aprender y dominar lo esencial de cada sector.
Con el tiempo, Daisy había adquirido la costumbre de investigar a fondo cada proyecto nuevo, esforzándose por entender los detalles técnicos y el funcionamiento del negocio. Quizá no al nivel de un especialista, pero sí lo suficiente para desenvolverse sin problemas en reuniones como esa.
Y además, Fernando tampoco era un experto real; ¿qué tan complicado podía ser lo que le preguntara?

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