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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 187

—Si yo quisiera, él me apoyaría sin dudarlo.

Mientras ella lo deseara, Oliver Aguilar era su mejor carta.

Y vaya que tenía razones para presumir.

Por eso se atrevía a buscar a Andrés López con tanta seguridad.

Una cosa era entenderlo con la cabeza, y otra muy distinta, verlo con tus propios ojos.

A Daisy Ayala le revoloteaba una sensación difícil de describir.

No era dolor, ni tampoco tranquilidad.

Simplemente, algo no le cuadraba.

Al final, Daisy aceptó la propuesta de colaboración. Oliver estaba ofreciendo demasiado como para rechazarlo.

¿Quién dice que no al dinero que llega hasta la puerta?

Oliver, con tal de respaldar a Vanesa Espinosa, no escatimaba en nada.

Incluso estaba dispuesto a compartir la tecnología más importante de Grupo Prestige.

Cuando cerraron el trato, Julián Padilla no cabía de felicidad y no paraba de servirles más vino.

Daisy apenas tomó la copa, pero Oliver la interrumpió.

—Ella no aguanta mucho el alcohol, mejor yo bebo por ella.

Julián levantó la ceja, sorprendido.

—¿Se conocen ustedes?

¿Si no, cómo iba a saber él cuánto aguantaba Daisy?

—Sí, nos conocemos —respondió Oliver.

—No, no nos conocemos —replicó Daisy al mismo tiempo.

Ambos hablaron casi al unísono, pero con respuestas totalmente opuestas.

Julián quedó desconcertado.

—Entonces, ¿se conocen o no se conocen?

—Si ella dice que no, entonces no nos conocemos —aventó Oliver, con un tono que dejaba entrever cierta resignación.

Daisy tampoco entendía por qué él se mostraba tan resignado.

Al final, Daisy no bebió nada.

Oliver, en cambio, se quedó a brindar con Julián y tomó varias copas.

Daisy no pudo evitar fijarse en él.

Era evidente que Oliver había avanzado mucho con su entrenamiento para evitar reacciones alérgicas; el licor ni le hacía cosquillas.

Seguramente, todo este tiempo se había estado entrenando para proteger a Vanesa de las bebidas, fortaleciéndose poco a poco.

Daisy sorbía su té, aunque el sabor era tan amargo que le revolvía el estómago.

Y eso que el mesero había dicho que ese té costaba más de diez mil pesos el kilo.

Al terminar la reunión y salir del restaurante, una llovizna fina ya mojaba la ciudad.

Daisy le mandó un mensaje a Miguel, avisándole que ya había terminado y que viniera por ella en el carro.

...

Un día antes de Año Nuevo, Daisy ya tenía listo el contrato y fue personalmente a Grupo Prestige para firmar con Oliver.

Desde que había renunciado, era la primera vez que volvía.

Al pararse frente a esas puertas tan conocidas, sintió como si hubiera pasado toda una vida.

La recepcionista la reconoció enseguida y la saludó con entusiasmo.

—¡Ayala!

Daisy la corrigió de inmediato.

—Ya no trabajo aquí, de ahora en adelante dime Daisy, o presidenta Ayala.

Le entregó una tarjeta de presentación.

—Tengo cita con el presidente Aguilar.

—¡Ah, sí! El presidente Aguilar me avisó. ¡Presidenta Ayala, por aquí, por favor!

La recepcionista la acompañó personalmente.

—Puedo subir sola, tú sigue con lo tuyo —le dijo Daisy.

Sabía que a esa hora, la recepción estaba a tope de trabajo.

La recepcionista, sabiendo que Daisy conocía el edificio como la palma de su mano, la dejó ir tranquila.

Subió en el ascensor hasta el décimo piso. Justo cuando las puertas se abrían, alguien entró.

Era Araceli, del segundo departamento de inversiones.

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