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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 272

Al poco rato, la gente empezó a salir poco a poco del interior.

Daisy, con la cabeza agachada, estaba contestando los mensajes de Camila.

No muy lejos de ahí, tres personas salieron apresuradas; al frente iba Benjamín Castillo, quien también iba mirando su celular mientras respondía a Vanesa.

[Acabo de llegar. ¿Tienes tiempo esta noche? Vamos a cenar.]

Apenas envió el mensaje, Benjamín chocó contra alguien.

El golpe fue tan fuerte que el celular de Daisy salió volando y terminó estampado contra el piso, perdiendo la vida de manera épica.

Daisy se agachó de inmediato para recogerlo, pero al levantarlo se dio cuenta de que la pantalla estaba completamente negra y no respondía. Apenas iba a decir algo, cuando el hombre que la había golpeado, con tono impasible, le ordenó a la secretaria que lo acompañaba:

—Págale el celular.

Sin siquiera disculparse, se alejó como si nada.

Daisy jamás había conocido a alguien tan descortés. Entre sorprendida y molesta, soltó una risa incrédula.

—¿Y eso qué? ¿Tener dinero ya le da derecho a andar atropellando a la gente?

Benjamín se detuvo, giró sobre sus pasos y la miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando un objeto. Esa mirada resultaba incómoda, como si le restara valor.

Al final, apenas se dibujó una mueca en su boca.

—Tener dinero sí me da derecho a muchas cosas.

...

De camino a casa, Daisy le contó a Camila lo que acababa de pasar en el aeropuerto.

—La verdad, yo no habría sido tan educada —aventó Camila desde el asiento de copiloto, agitando los brazos como si estuviera a punto de pelear—. Yo sí le hubiera dado una patada en la cara, a ver si seguía tan arrogante el tipo ese. ¡No por nada me dicen la reina del kung-fu! ¡Hasta lo hubiera dejado pidiendo esquina!

Las palabras de Camila sacaron a Daisy de su mal humor y le arrancaron una carcajada.

—Bueno, reina del kung-fu, ¿y adónde quieres ir a cenar hoy?

—¡Quiero una cena de lujo! ¡Tengo que celebrar contigo!

—¡Va! ¡Lo que tú quieras! ¡Hoy puedes escoger cualquier restaurante de San Martín!

Se pusieron a platicar sobre lo que habían hecho últimamente.

Camila, en los últimos tres meses, había estado entrenando para una película: montar a caballo, disparar flechas, hacer acrobacias, y hasta aprendió a manejar la lanza. El coordinador de escenas de acción no paraba de elogiar lo bien que se le daban las peleas.

Daisy sabía que a Camila le apasionaba la actuación. No importaba lo agotador que fuera el entrenamiento, ella nunca se quejaba.

En cuanto a Daisy, su carrera iba viento en popa; Camila ni siquiera se preocupaba por ella.

Lo que sí le interesaba era saber cómo andaba Daisy en el terreno amoroso.

Daisy lo pensó un momento y luego dijo:

—No quiero perder el tiempo, ni tengo ganas de conocer a alguien nuevo. Es como cuando ya casi terminas de escribir un ensayo y de repente el profesor te dice que tu letra está mal y te lo rompe para que empieces de cero. Aunque recuerdas el principio, ya ni ganas te dan de volver a escribirlo. Sientes que ya gastaste toda tu energía en ese texto, te faltaba solo el final, y ahora tienes que empezar otra vez.

—La soledad me da más paz.

Camila la miró con ojos llenos de compasión.

—Eso te pasa por culpa de Oliver, ese desgraciado. Ahora ya no te animas a confiar en nadie. ¡Te juro que si lo tuviera aquí, lo lanzaba desde el piso cuatrocientos cincuenta y ocho!

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