Para animar a Daisy, Camila decidió llevarla a tomarse unos tragos y relajarse un rato.
El alcohol, cuando es por trabajo o compromiso, nunca es buena idea. Pero fuera de la oficina, darse un gustito de vez en cuando tampoco hace daño. Además, hacía mucho que no salían juntas a tomar algo, así que Daisy aceptó la invitación.
El bar lo eligió Camila. Era un sitio nuevo, se llamaba “Delirio”, y su decoración era bastante moderna, ideal para jóvenes que buscaban desconectarse después del trabajo.
Apenas se acomodaron en una mesa, ya se les acercó alguien intentando ligar. Daisy ni se molestó en mirarlo, lo rechazó de inmediato. Tenía un aire reservado, y cuando no sonreía, parecía inaccesible. Pero con ese atractivo tan natural, era inevitable que varios se animaran a probar suerte.
Camila, con su humor característico, soltó una broma.
—¿Ves? Desde que dejaste a Oliver, el mundo está lleno de nuevos caminos. No tienes por qué cerrarte por un tipo que ni vale la pena.
Hizo una pausa, frunció el ceño y agregó:
—Aunque, la verdad, ninguno de estos que se han acercado te llega. Todos están bastante feos. Si vas a buscar a alguien, mínimo que sea más guapo que Oliver.
Pero al instante se dio cuenta de que encontrar a alguien más atractivo que Oliver no era tarea fácil. Y si era cuestión de dinero… ni pensarlo, aún más complicado.
—Bah, mejor sigamos tomando.
En ese momento, un mesero se acercó con dos cócteles y los dejó frente a ellas, cuidando cada movimiento.
—Estos cócteles Winston son cortesía del presidente Vargas para la presidenta Ayala y su acompañante.
Camila alzó una ceja, sorprendida.
—¿Y ese presidente Vargas quién es?
Daisy respondió con tranquilidad.
—Un socio de trabajo.
—¿Tan generoso? —Camila levantó la copa y la agitó suavemente—. Cada trago de estos cuesta como ochenta mil pesos.
Daisy no le siguió el juego y prefirió preguntarle al mesero:
—¿Dónde está el presidente Vargas?
El mesero señaló discretamente hacia un rincón del bar. Daisy miró y vio cómo Fernando alzaba su vaso en un gesto de saludo. Por cortesía, ella también levantó su copa.
Camila, que no perdía oportunidad de bromear, se inclinó hacia Daisy.
—No está nada mal ese tipo, ¿eh? Y si puede invitarte un trago de ochenta mil pesos, seguro tampoco le falta el dinero. ¿No te animas?
Daisy apenas probó el cóctel y, sin darle importancia, contestó:
—Es amigo de la infancia de Oliver.



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