Daisy durmió hasta el mediodía del día siguiente.
Todavía tenía la cabeza aturdida cuando escuchó ruidos afuera de la habitación.
Parecía que alguien estaba haciendo algo en la cocina.
Daisy se levantó de la cama, con la intención de ir a ver qué pasaba, pero apenas puso los pies en el suelo y trató de ponerse de pie, sintió un dolor tan intenso en las piernas que terminó cayendo de nuevo sobre la cama.
La cintura le dolía a tal grado que sentía las piernas flojas…
Era como si un carro la hubiera pasado por encima, cada parte de su cuerpo le dolía.
La cabeza le pesaba, y el cansancio no la dejaba ni pensar.
Tardó un buen rato en adaptarse antes de que su mente despertara por completo. Apoyándose con las manos en la cintura, logró salir de la habitación.
En la cocina, Miguel parecía estar hablando por teléfono.
—¿Cuánta cáscara de naranja? ¿Cinco gramos? Ok.
—Ya los frijoles verdes están blanditos.
—¿Le bajo al fuego? Vale, entendido.
Al escuchar movimiento detrás de él, Miguel se volteó y vio que Daisy ya estaba despierta.
—Mi jefa ya se levantó, ahí la dejamos, luego te llamo —dijo, y colgó la llamada.
Luego se giró hacia Daisy para explicarle:
—Le estaba llamando a mi mamá para que me dijera cómo preparar la sopa para la cruda. Ya casi está lista, solo espera un momento.
Daisy, sintiéndose sin fuerzas, fue a sentarse a la mesa del comedor.
Miguel sirvió una taza de la sopa y se la llevó.
—Ten cuidado, está caliente, espera a que se enfríe un poco antes de tomarla. ¿Cuánto tomaste anoche? ¡Terminar así de mal!
No podía culpar a Miguel por su sorpresa.
Desde que la conocía, nunca la había visto borracha.
Ni siquiera la vez que terminó con el estómago lastimado por tanto alcohol, se había emborrachado.
Daisy se frotó las sienes, agotada.
—No sé, la verdad. Anoche ni tomé tanto, y lo peor es que ni me acuerdo de nada.
Eso sí que era raro.
Al principio, cuando salía a tomar por trabajo, sí llegó a ponerse mal, pero nunca a tal grado de no recordar nada.
Solo recordaba vagamente que salió del privado para llamarle a Miguel, pedirle que fuera por ella…
Después de eso, su memoria era un hueco.

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