Oliver había llegado junto a Vanesa.
Esa noche, Vanesa se había esmerado más que nunca en su arreglo. Lucía un vestido de gala exclusivo, hecho a la medida y carísimo; pero lo que más llamaba la atención era la joyería: un conjunto valuado en más de cincuenta millones de pesos.
Por supuesto, aunque impresionante, seguía sin superar aquel inolvidable collar de zafiros de Cachemira que Daisy había llevado la vez pasada. Sin embargo, Vanesa estaba convencida de que Daisy no volvería a lucir ese collar.
Y no se equivocó.
Esa noche, Daisy ni siquiera llevaba vestido de gala. Su atuendo era tan sencillo que no llamaba la atención. Ni rastro del collar de zafiros, que seguro solo había rentado para impresionar y, pasado el evento, tuvo que devolverlo. Así, su verdadera situación quedaba al descubierto.
Vanesa pensaba que, quizás, Daisy tenía cierta habilidad. Después de todo, llevaba años al lado de Oliver, y algo debía haber aprendido. Gracias a eso, había logrado sacar adelante los proyectos de Alma Analítica y la remodelación del puerto. Pero, ¿y qué?
En el mundo de la banca de inversión, lo realmente importante eran los contactos y los recursos. Y en eso, Daisy contaba con el apoyo absoluto de Oliver, una fuente inagotable de recursos. Además, podía recurrir a la influencia de su padre, Gabriel, para tejer relaciones por todos lados.
Por eso, había conseguido el puesto en el Banco Metropolitano; no era ningún secreto que los bancos internacionales y las grandes firmas financieras preferían contratar a los hijos de funcionarios, precisamente por el capital de contactos y el prestigio que traían consigo.
Con esas cartas, Daisy jamás podría ser su rival.
Vanesa apartó la mirada y dejó de prestarle atención, como si lo que ocurriera con Daisy ya no le importara en lo más mínimo.
Su porte elegante pronto atrajo a varios invitados, aunque la mayoría eran mujeres que se acercaban a platicar, tal vez para compartir elogios o para enterarse de nuevos chismes.
Oliver, por su parte, solo se despidió de Vanesa con un gesto, diciendo que tenía que atender algunos compromisos. En realidad, lo que hizo fue buscar un lugar desde donde pudiera observar a Daisy más de cerca.
Había muchísima gente, así que podía mirar sin llamar la atención. De vez en cuando, sus ojos se perdían entre la multitud, nadie notaría nada raro.
Desde ahí, vio a Andrés siguiendo de cerca a Daisy, siempre atento. La cuidaba con discreción: se interponía entre ella y quienes pudieran tropezarla, le cambiaba la copa vacía por una nueva, y aprovechaba cualquier oportunidad para acercarle algo de comer y ayudarle a apaciguar el hambre.
Daisy seguía siendo igual de entregada al trabajo que antes, sin importarle descuidar su salud. Bebía una copa tras otra sin descanso...
Por eso tenía el estómago hecho pedazos, pensó Oliver.
Levantó la mano y llamó a un mesero.
—Me puedes hacer un favor —le pidió, entregándole una copa—. Llévale este jugo de manzana a la señorita de allá, por favor.
...
—¡Oli, Oli! ¿Qué onda contigo? Te he estado llamando y ni te das cuenta.
Luis y Fernando por fin llegaron, con paso relajado.
Al acercarse, Luis miró con curiosidad en la misma dirección que Oliver y preguntó:
—¿Qué tanto miras? ¿Qué hay tan interesante allá?
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