Resulta que Vanesa pagó una fortuna por ese cuadro solo para quedar bien con Mario.
Ahora todo tenía sentido. Por eso no le dolió gastar tanto.
—Pero tampoco era para que te deshicieras del cuadro así nomás. Está carísimo, ¿no te da lástima tirarlo? —Daisy solo pensaba en lo que costó la pintura.
—Pues si te pesa, encárgate tú. Súbelo a alguna página de ventas de segunda mano, véndelo en un peso y así ya no me estorba aquí.
A Mario de verdad le molestaba tener el cuadro en casa. Si Daisy no hubiera llegado, seguro al día siguiente lo habría tirado con la basura.
—Eso sí que es una pérdida enorme —comentó Daisy.
—¿Pérdida? Esto ya iba para la basura, si saco un peso ya gané.
A veces a Daisy le costaba trabajo entender cómo pensaban los ricos.
Ya lo había notado: Mario de verdad pensaba tirar el cuadro.
Tratando de encontrar un punto medio, Daisy propuso:
—Oye, Mario, ¿qué te parece si busco a un experto que lo valore? Cuando sepa cuánto cuesta, te transfiero la cantidad.
—¿Te gusta el cuadro? Llévatelo, es tuyo —contestó Mario sin pensarlo.
Daisy ya esperaba esa respuesta.
—No, no puedo aceptarlo así nomás. Si me lo regalas, lo rechazo. Solo quiero comprarlo. Y así como te propongo, igual terminas perdiendo, es casi como si me lo regalaras.
Mario sabía perfectamente cómo era Daisy.
Si se lo regalaba, ella jamás lo aceptaría.
Así que cedió:
—Está bien, como tú digas.
Después de tomar un poco de té relajante con Mario, Daisy se preparó para irse.
Además de las medicinas, Susana le empacó un montón de comida: fruta, tamales de camarón y otras cosas fáciles de preparar. Le pidió que por favor comiera bien y no se la pasara cenando sopa instantánea, que eso no era sano.
Daisy se sintió un poco apenada. Cada vez que iba, no solo comía, también salía con las manos llenas.
Pero Susana estaba encantada:
—Daisy, ven cuando quieras. Así también el señor Aguilar come más y se anima.
—Claro, Susana. —Daisy aceptó de inmediato.
Susana la acompañó hasta la puerta, recordándole que manejara con cuidado.
—Susana, ya no te molestes, no tienes que acompañarme —dijo Daisy para tranquilizarla y abrió la puerta para salir, pero de pronto se detuvo al ver quién esperaba afuera.

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