—¿¿¿Qué demonios??? —Daisy no pudo evitar apretar lo que tenía en la mano. Por un instante, de verdad pensó en aventárselo a la cara de Oliver.
¿Esto era lo tan importante que él tenía que decirle?
¿En serio?
¡Vaya locura!
Antes de que Daisy pudiera explotar, Oliver volvió a hablar, con voz seria:
—Mi papá no está de acuerdo con este compromiso, tampoco quiere ir a la ceremonia. Yo no puedo obligarlo, su salud está delicada… Susana me contó que últimamente apenas come y anda muy decaído. Así que yo quería…
—¿Quieres que yo lo convenza para que vaya a tu ceremonia de compromiso? —Daisy lo miró como si estuviera frente a un loco.
Oliver se detuvo un segundo y corrigió, sin levantar mucho la voz:
—No, no es eso. Lo que quiero es que, si puedes, pases tiempo con él. Ahora no escucha a nadie, solo a ti y a Susana.
—Eso no tienes ni que pedirlo —respondió Daisy, un poco impaciente—. Ya le prometí a Susana que lo haría.
—Y además… —Oliver la miró de reojo, con la mirada algo perdida—. Mi papá podría hacer una tontería. El día de mi compromiso… ¿podrías quedarte a su lado?
—Tu prometida ya me mandó la invitación —le recordó Daisy.
—No tienes que hacerle caso.
Claro, Vanesa estaba tan emocionada por el compromiso que seguramente no quería ver a nadie que no le agradara. Mandar la invitación no era más que presumirle su “triunfo”.
Daisy ni siquiera pensaba ir.
¡Eso le haría perder tiempo y dinero!
Oliver, al menos, parecía considerar lo que Vanesa quería.
—¿Hay algo más? Dímelo de una vez —dijo Daisy, mirando su reloj como si no quisiera perder ni un segundo más con él.
Oliver bajó la mirada, apagado:
—Mi papá… en serio, te lo encargo.
Esa frase hizo que Daisy frunciera el ceño.
¿A qué venía todo eso de encargarle al papá?



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