A la mañana siguiente, Daisy canceló todo su trabajo de la mañana y, llevando el cuadro consigo, fue a visitar al dueño de la galería ArteLegado, Ángel Robledo, quien además de ser el propietario, era uno de los expertos en arte más reconocidos del país y un importante corredor de antigüedades.
Cuando Daisy trabajaba como secretaria de Oliver, solía ir varias veces a la galería ArteLegado para escoger antigüedades que Oliver regalaba a sus socios.
Con el tiempo, Daisy y Ángel Robledo se volvieron conocidos.
La noche anterior, al llegar a casa, Daisy le envió un mensaje a Ángel Robledo.
Para su sorpresa, él respondió casi de inmediato y le pidió que llevara el cuadro directamente.
Tal como Daisy había previsto, el valor del cuadro rondaba los quince millones de pesos.
Ángel Robledo incluso la regañó un poco.
—Si lo compraste en una subasta, seguro ya sabes el precio. Entonces, ¿para qué vienes a pedirme una evaluación?
—Porque además quería pedirle ayuda al señor Robledo con otra cosa.
Daisy le explicó enseguida el motivo real de su visita: necesitaba que él la ayudara a encontrar un cuadro de don Pan, un pintor muy cotizado.
Recordaba que, hace un par de años, durante una comida con la familia Aguilar, Mario y su padre habían hablado de ese pintor. Daisy supo entonces que Mario era fanático de sus obras y desde ese día había pensado en obsequiarle uno.
Ángel Robledo le advirtió:
—Las pinturas de don Pan no son nada baratas, ¿eh?
—Lo sé —respondió Daisy con seguridad, pues ya había investigado sobre el tema.
—Te cuento que tienes suerte. Justo hace poco un amigo me pidió que le ayudara a vender una obra de don Pan. Pero te aviso que el precio... bueno, tienes que estar preparada.
—¿Cuánto pide?
—Cien millones de pesos.
El precio era altísimo, y Daisy sintió el golpe en el estómago. Pero pensó en todo lo que Mario había hecho por ella, los regalos, las joyas, incluso una pintura valiosísima. Todo eso superaba por mucho los cien millones, así que, tragando saliva, tomó la decisión de inmediato.
—Me la quedo —soltó, sin titubear.
Ángel Robledo sonrió con complicidad.
—En ese caso, voy a contactar al dueño para que traiga el cuadro y firmemos el acuerdo de venta. Te aseguro que vale la pena, además, mi amigo no lo habría vendido de no ser porque le surgió un problema y tuvo que dejarla ir con descuento.
Ángel Robledo le pidió a Daisy que esperara un momento mientras él llamaba al vendedor.
Daisy aguardó unos cuarenta minutos, hasta que finalmente llegó el vendedor.
Cuando vio quién era, Daisy quedó totalmente sorprendida.
Pero la sorpresa fue mucho mayor para el recién llegado.
En cuanto Daisy salió, Luis por fin soltó el aire que llevaba atorado en el pecho.
No estaba seguro de cuándo había comenzado, pero últimamente sentía una especie de temor inexplicable hacia Daisy. Solo con verla, le daban escalofríos y se le helaba la espalda, igualito a cuando en la escuela te encontraba el director con cara de pocos amigos.
Era raro, muy raro.
Sin embargo, había otra cosa que le daba vueltas en la cabeza.
¿Cuándo se volvió Daisy tan adinerada y decidida?
¿Acaso compró un cuadro de cien millones de pesos sin parpadear?
La curiosidad le ganó y decidió llamar a Oliver.
Pero el teléfono de Oliver sonaba y sonaba sin que nadie contestara. Luis, frustrado, terminó llamando a Vanesa.
Al fin y al cabo, ellos siempre andaban juntos, así que daba igual a cuál de los dos llamara.
Y con Vanesa igual hasta encontraba a Oliver más rápido.
Vanesa contestó enseguida, y hasta sonaba de buen humor.
—Luis, deberías haberte venido con nosotros. Este lugar es una maravilla, de verdad. Te perdiste de algo increíble.

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