Vanesa llegó a casa muy tarde, sin esperar que Azucena todavía estuviera despierta.
Apenas entró, Azucena levantó la vista y miró el reloj de la pared.
Las tres de la mañana.
El rostro de Azucena estaba sombrío, y su tono era de advertencia.
—Esto no es el extranjero, ¿podrías comportarte un poco?
A Vanesa pareció no importarle. Tiró la bolsa en el sofá y se dejó caer perezosamente.
Respondió a la advertencia de Azucena con total indiferencia.
—Ya sé.
La aguda mirada de Azucena captó una marca roja apenas visible en el cuello de Vanesa. Frunció el ceño con fuerza, pero solo pudo recordarle:
—Mañana acuérdate de ponerte ropa de cuello alto, que no lo vea Oli.
Solo después de que se lo dijo, Vanesa se tocó el cuello, como si acabara de darse cuenta.
—Y otra cosa, los rumores de que traes mala suerte no se han disipado del todo. Tienes que encontrar una manera de revertir la situación rápido, no vaya a ser que se extiendan y termines perdiendo más de lo que ganas.
Azucena no había podido dormir por el dolor de cabeza que le causaba este asunto.
Últimamente, las esposas de su círculo social la habían estado excluyendo, especialmente las que seguían a la señora Vargas.
No importaba lo que hiciera o cuánto intentara halagarlas, no servía de nada.
Y para colmo, todavía no se había consolidado en ese círculo. El título de futura suegra de Oliver no era suficiente para que pudiera caminar con la frente en alto.
Hoy, incluso, una de las señoras le había dicho con sarcasmo que solo estaban comprometidos, no casados, y que todavía estaba por verse si lograría entrar en la familia Aguilar.
En los círculos de la alta sociedad, había muchos ejemplos de compromisos que se rompían.
Hasta el último momento, no se podía dar nada por sentado.
—Las noticias saldrán mañana, eso debería tapar los malos rumores —dijo Vanesa, que no se había quedado de brazos cruzados.
Azucena suspiró aliviada, pero aun así le recordó con seriedad:
—Tienes que ocuparte de ambos frentes. ¿Y con Oli, ha habido algún avance?
Vanesa no tenía muchas ganas de responder a esa pregunta.
Pero una madre conoce a su hija, y Azucena lo entendió al instante, lo que la preocupó.
La junta trimestral del Consorcio El Faro se desarrolló sin mayores contratiempos. Al terminar, el vicepresidente tocó la puerta y anunció que la presidenta Ayala, de Cosmovisión Financiera Guaraní, estaba de visita.
La mirada de Oliver seguía fija en los documentos. Sin levantar la cabeza, le ordenó al vicepresidente:
—Que pase.
Vanesa estaba a punto de irse, pero al oír que Daisy había llegado, volvió a sentarse.
Aunque confiaba plenamente en los sentimientos de Oliver hacia ella, eso no significaba que confiara en las demás mujeres.
Y menos si se trataba de Daisy.
Antes de que Daisy entrara, Oliver terminó con el trabajo que tenía entre manos. Levantó la vista y vio a Vanesa ajustándose el cuello de la ropa, así que le preguntó con interés:
—¿Tienes calor?
—Un poco.
Para ocultar el chupetón que tenía en el cuello, se había puesto una blusa de encaje negro de cuello alto.
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