Al ver que le prestaba atención, Fabiola sonrió con superioridad y pintó sus labios rojos.
—¿Hernán te faltó el respeto antes, verdad?
—Sí.
—Por eso Oliver le destrozó la vida. Todo porque intentó propasarse contigo. Y no solo eso, Oliver se alió con los de la Asociación de Empresarios de San Martín para expulsar a Hernán del mercado nacional. Eso lo obligó a refugiarse acá en Perú durante todos estos años, limitando su crecimiento.
El esposo de Fabiola era un empresario peruano, así que todos esos rumores los había sacado del círculo de las esposas de la alta sociedad.
La esposa de Hernán antes vivía un infierno, sobre todo por lo mujeriego que era él.
Pero después de aquel incidente en San Martín, Hernán jamás volvió a «funcionar» como hombre, y ahí comenzaron los buenos tiempos para la señora Benítez.
A fin de cuentas, el único hijo que tenía Hernán era de ella.
Ese chico era muy apegado a su madre, así que a Hernán no le quedó de otra más que respetar a la señora Benítez, aterrado de que ella agarrara sus maletas, se llevara al hijo y lo dejara abandonado, cortando para siempre el linaje de los Vivas.
Al ganar poder, la señora Benítez adoptó un perfil bastante alto entre las señoras ricas.
Incluso, a escondidas, mantenía a un amante jovencito.
Las demás esposas le preguntaban si no le daba miedo que Hernán se enterara y le pidiera el divorcio.
A ella le importaba un comino; con un par de copas encima, soltó toda la sopa sobre las miserias de Hernán.
Les confesó que Hernán lo sabía desde hace tiempo, pero se hacía de la vista gorda.
Mientras no se lo restregaran en la cara, él fingía demencia.
Todo el círculo de las mujeres adineradas conocía la historia, y Fabiola no era la excepción.
Daisy se quedó atónita con la revelación.
Cuando Hernán se había retirado de repente del mercado nacional hace años, ella pasó mucho tiempo tratando de entender qué había pasado.
¡Nunca imaginó que todo ese asunto tuviera que ver con ella!
¡Y mucho menos que Oliver hubiera hecho tanto por ella sin que se enterara!
Regresó a la zona del banquete todavía aturdida, pero Oliver ya había desaparecido.
¿Se había ido?
¿Así de la nada?
Esa era la primera vez, desde que se separaron, que Daisy sentía un hueco en el pecho porque él se hubiera marchado antes de tiempo.
En la recta final del evento, Tomás por fin se desocupó e invitó a Daisy a la sala de reuniones para platicar de negocios.
Daisy tenía la tecnología y el talento.
Tomás tenía los recursos y los contactos.
Los aretes de diamantes destellaban al ritmo de las pláticas y las risas elegantes.
A través de los enormes ventanales se asomaba la famosa vista nocturna de Nuevo Veracruz.
El mar se extendía oscuro y brillante, reflejando las luces de ambas orillas.
Alguien suspiró de pronto:
—Nuevo Veracruz lo tiene todo. Lástima que nunca caiga nieve.
Probablemente, esa era la única desventaja de aquella ciudad costera.
Para cuando Claudio le marcó por teléfono, Daisy ya estaba esperando en la banqueta.
Había salido del hotel antes de tiempo con la esperanza de que el viento frío le bajara la borrachera.
Pero había subestimado los efectos del vino; en lugar de sentirse mejor, el mareo empeoró.
Tanto así, que no pudo sostener bien su celular y se le resbaló de las manos.
Se inclinó para recogerlo.
Sin embargo, una mano de dedos largos y nudillos marcados se le adelantó y levantó el teléfono.
En la palma de esa mano, todavía llevaba pegada una venda médica.

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