La cena, en efecto, fue tranquila y armoniosa.
Porque Oliver no apareció en ningún momento.
Daisy tenía buen apetito y comió un plato extra.
Al llegar a casa, vio que Camila aún no había regresado, así que le llamó por teléfono.
Camila todavía estaba fuera, y el fondo de la llamada era ruidoso.
—Amiga, la cena todavía no termina, puede que vuelva muy tarde. No me esperes, duérmete temprano —dijo Camila, tapando el micrófono y escondida en un rincón para hablar con Daisy.
Daisy le preguntó:
—No has estado bebiendo, ¿verdad?
—No, hay gente mayor. No te preocupes.
Al oír eso, Daisy se tranquilizó. Justo cuando iba a colgar, escuchó a Camila gritar al otro lado:
—¡No manches!
—¿Qué pasa? —Daisy frunció el ceño.
—Acabo de ver a la zorra de Espinosa.
Daisy se quedó en silencio.
Debería haber colgado antes.
—Tsk, a plena luz del día, en público… qué descaro.
—Vaya, qué vocabulario tan florido tienes —comentó Daisy.
—No es eso, es que vi a la zorra de Espinosa volver del jardincito, arreglándose la ropa mientras caminaba. Tenía el labial todo corrido. ¿Tanta prisa tenían?
Daisy suspiró, resignada.
—¿Fuiste a cenar o a ver un show en vivo?
—Pues mientras cenaba, me tocó ver un show en vivo. Lástima que no fuera para mayores de dieciocho.
Y lo dijo con un tono de decepción.
—Bueno, pues sigue disfrutando del espectáculo. Yo me voy a bañar.
A ella no le interesaban esas personas insignificantes.
Colgó el teléfono y se fue a bañar. Al salir, vio que Camila le había enviado varios mensajes más por WhatsApp.
[¡No manches! Justo después de que la zorra de Espinosa entrara, Oliver también volvió del jardincito. ¿Tan urgidos andan?]
[¿El cielo es su techo y la tierra su cama? ¿Lo hacen donde sea y cuando sea?]
Daisy no supo qué responder.

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