Daisy estaba harta.
Que la acosaran una y otra vez era suficiente para hartar a cualquiera.
El colmo era que ya se había mudado. ¿Cómo demonios sabía Oliver Aguilar su nueva dirección?
Aunque, si de verdad se lo proponía, averiguarlo no sería nada difícil para él.
Lo que no se esperaba era que fuera capaz de llegar a tanto por Vanesa Espinosa.
Aun así, Daisy bajó del auto.
El viento frío de la noche la golpeó y le despejó un poco el alcohol.
Oliver caminó hacia ella con paso tranquilo y se detuvo a un metro de distancia. Frunció el ceño y le preguntó:
—¿Por qué bebiste? ¿Tuviste algún compromiso?
Por su tono, cualquiera que no lo conociera pensaría que se preocupaba mucho por ella.
Pero Daisy no estaba de humor para competir en un concurso de actuación con él, así que fue directo al grano.
—Es cierto que te debo un favor por el accidente, pero una cosa no quita la otra. En el caso de Victoria Montero, no voy a ceder. Pienso llegar hasta el final.
Como si el momento estuviera guionizado, justo cuando Daisy terminó de hablar, una ráfaga de viento le alborotó el cabello que caía sobre sus hombros.
La mirada de Oliver se desvió al instante, clavándose en los mechones que danzaban con el aire.
Por un momento, pareció olvidar responderle.
Daisy perdió la paciencia. Se acomodó el cabello rebelde con un gesto de fastidio y alzó la voz.
—¿Me estás escuchando?
Solo entonces Oliver apartó la vista. Bajó un poco la mirada y, con un tono despreocupado, dijo:
—¿Así que no hay nada que negociar?
—Nada que negociar.
Viendo su actitud tan firme, Oliver no insistió más. Se limitó a decir con indiferencia:
—Entendido.
Dicho lo que había que decir, Daisy no se quedó ni un segundo más. Se dio la vuelta con decisión y se marchó.
Ni siquiera se molestó en despedirse.
Oliver se quedó inmóvil, observándola mientras se alejaba hasta que desapareció por completo de su vista.
Solo entonces retiró la mirada. Sus ojos oscuros se veían aún más profundos, como un lago sin fondo.

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