Esa noche, Daisy Ayala no durmió bien.
Fue la primera vez que Oliver Aguilar le quitó el sueño después de haberlo superado por completo.
Apenas amaneció, llamó a Mario Aguilar.
Daisy sabía que Mario tenía la costumbre de levantarse temprano para alimentar a sus peces, así que calculó la hora exacta para llamarlo.
La voz de Mario sonaba un poco ronca y no tenía tanta fuerza como antes.
Daisy preguntó primero por su salud.
—Hace poco me dio influenza, pero ya estoy casi recuperado. El médico de cabecera me está atendiendo, así que no es gran cosa.
—¿Y todo lo demás está bien?
—Todo en orden.
Daisy soltó un ligero suspiro de alivio; tal vez se había preocupado demasiado.
Antes de colgar, Miguel entró a buscar a Daisy.
—Daisy, el carro para el muelle sale a las diez, así que hay que bajar a las nueve y media. Ahorita te ayudo a empacar. Por cierto, ya compré todo lo necesario para las vacaciones: traje de baño, sombrero, lentes de sol, bloqueador... Todo está en mi maleta. Cuando subamos al crucero te lo llevo a tu camarote.
Daisy asintió.
Mario debió haber escuchado a Miguel, porque hizo una pausa y preguntó:
—¿Te vas de vacaciones?
—Sí. Todos han trabajado muy duro últimamente, quiero consentirlos un poco.
—Me parece perfecto. Aprovecha para descansar tú también, te lo mereces —Mario se mostró muy a favor.
Pero no olvidó darle un consejo:
—Relájate, pero ten cuidado.
Daisy sintió calidez en el pecho.
—Claro. Cuando regrese a San Martín iré a visitarlo.
—Está bien.
Al confirmar que Mario estaba bien, Daisy se sintió más tranquila.
De camino al muelle, el guía les informó que no habría señal en el crucero y que tendrían que comprar el servicio de WiFi.
Sin embargo, el costo era elevado y la conexión mala, por lo que sugerían dejar todo arreglado antes de zarpar y disfrutar del viaje desconectados.


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