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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 637

La noche antes de terminar el viaje, Daisy estaba en el jacuzzi del balcón disfrutando la brisa.

El mar estaba inusualmente tranquilo.

Bajo la luna llena, el cielo no era de un negro infinito, sino de un azul profundo y suave.

Las estrellas sobre el mar se veían hermosas.

El ambiente era perfecto...

Hasta que una discusión de una pareja en el piso de abajo rompió su momento de paz.

La mujer le rogaba al hombre que no se gastara todo el dinero apostando.

Pero él decía que no había otra opción; si no juntaban lo de la cirugía, la directora Ceballos no pasaría de la semana siguiente.

Daisy dedujo algo por la conversación.

No eran novios, sino chicos que crecieron juntos en un orfanato.

Estaban desesperados por los gastos médicos de la directora Ceballos, quien los había criado, y el hombre decidió jugárselo todo en el casino del crucero.

Daisy no supo en qué terminó, pues se alejaron.

Se quedó un rato más en el agua y luego volvió a la habitación.

Miguel tocó la puerta para preguntar si quería bajar a dar una vuelta, diciendo que casi no había disfrutado el viaje.

Esa noche Daisy estaba libre.

Nina estaba en terapia de hipnosis con el psicólogo, así que decidió bajar con Miguel.

Cuando Daisy llegó a la fiesta al aire libre, todos estaban ahí.

Y todos parecían emocionados.

Especialmente cuando la miraban a ella; era obvio que esperaban algo.

Pero cuando ella les devolvía la mirada inquisitiva, la desviaban.

—Presidenta Ayala, siéntese aquí, es el mejor lugar.

Alguien le cedió un asiento.

Daisy sonrió. —¿El mejor lugar para qué?

—Para nada —respondieron con evasivas.

Daisy sintió más curiosidad. Miró a su alrededor y notó que faltaba alguien.

Cuando pasó cerca del casino, recordó la conversación de la pareja.

Al final, entró.

Ahí, apostar era legal.

Muchos subían al barco solo por la fantasía de hacerse ricos de la noche a la mañana.

Ese era el negocio principal del crucero.

Adentro, las luces y el lujo deslumbraban.

La decoración excesiva hacía que fuera fácil perderse.

No había ventanas ni relojes.

Solo una iluminación brillante y eterna que hacía olvidar el paso del tiempo.

A Daisy no le interesaba el juego, solo miraba casualmente.

Al pasar por una mesa de ruleta, escuchó esa voz familiar.

—¡Ha salido rojo diez veces seguidas, la onceava tiene que ser negro! ¡Así que apuesto todo!

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