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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 725

Al escuchar eso, Luis se puso en guardia, como si enfrentara a un gran enemigo.

Oliver, al ver su expresión, supo de inmediato lo que estaba pensando y cerró los ojos.

—Tengo sueño, no me des lata.

Luis se quedó callado.

¡Si él no había dicho nada!

Al final, se tocó la nariz avergonzado y se quedó quieto en un rincón, sin atreverse a molestar a Oliver.

Después de todo, ahora era un paciente frágil y vulnerable.

Daisy regresó a San Martín el viernes. Esta vez, Miguel fue personalmente a recogerla al aeropuerto.

Quizá porque sentía culpa por haberle mentido, Miguel se comportaba con demasiada cautela.

Llegó un punto en que a Daisy le dio lástima.

—Ya pasó, pero que no se repita —le dijo Daisy claramente.

Los ojos de Miguel se enrojecieron al instante.

—Daisy, perdóname, te prometo que no volverá a pasar. ¡Hace dos días el presidente Aguilar vino a traer otro amuleto y se lo rechacé!

Daisy se quedó helada.

Entonces… ¿ese día que lo vio bajo la lluvia, estaba pidiendo el amuleto para ella?

Daisy sintió una irritación repentina y se pellizcó el entrecejo.

Miguel se mordió el labio, aguantándose un momento, pero al final decidió confesarle todo a Daisy.

—Daisy, hay dos cosas más que tengo que confesarte.

Miguel decidió jugársela.

Estos años trabajando con Daisy le habían dado experiencia y madurez.

Y, por supuesto, conocía mejor a Daisy y sabía dónde estaban sus límites.

Miguel luchó consigo mismo antes de decidirse a hablar.

No importaba si Daisy lo perdonaba o no al final, estaba dispuesto a asumir las consecuencias.

—La primera: cuando renunciaste a Grupo Prestige para emprender y poco después yo también renuncié para irme a Cosmovisión Financiera Guaraní, te dije que era porque ya no aguantaba en Grupo Prestige. Pero no fue así.

En aquel entonces, Grupo Prestige era una empresa líder en el sector; mucha gente se moría por entrar.

En ese tiempo, se partía el lomo trabajando en Cosmovisión Financiera Guaraní de día, y al salir tenía que ir con Oliver a aprender a cocinar como esclavo.

¡Dios sabe el reto que fue para alguien que nunca había pisado una cocina!

Casi se rebana los dedos.

Lo peor era que Oliver era muy estricto: cada platillo tenía que saber exactamente igual a como él lo preparaba para que lo aprobara.

Casi se vuelve loco aprendiendo a cocinar.

Lo bueno fue que el presidente Aguilar pagaba muy bien.

Si no, no habría aguantado.

Cuando Miguel terminó de hablar, el auto quedó en silencio.

Tenía el corazón en un puño.

Daisy no dijo nada, solo giró la cabeza para mirar por la ventana.

No sabía qué decir; tenía la mente hecha un lío.

No lograba comprender por qué Oliver hacía todo esto.

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