¿Amor?
Honestamente, no lo creía.
Quizá era más culpa, un intento de hacer algo para compensarla.
Pero él no sabía que ella no necesitaba nada de eso.
Eran esfuerzos inútiles.
Igual que los siete años que ella le dedicó; no tuvieron ningún sentido.
***
Antes de llegar a casa, Daisy recibió una llamada de Camila Benítez.
Se oía mucho ruido de fondo, parecía que estaba de fiesta en algún antro.
Camila le gritó por el teléfono:
—¡Daisy! ¿Ya regresaste a San Martín? ¡Si ya llegaste, ven a buscarme! ¡Estoy en el Club Z!
El Club Z, también conocido como Real Club.
Daisy se quedó callada un momento.
Era un poco alérgica al nombre de ese lugar.
Justo cuando iba a decir algo, escuchó que un hombre se le acercaba a Camila.
—Hola, guapa, ¿estás sola? ¿Tomamos algo?
Camila soltó una carcajada.
—Traigo uno en la panza.
El hombre soltó un «oh».
—Eso lo hace más interesante.
No se sabía si el tipo tenía mucho pegue o qué pasó, pero Camila colgó antes de que Daisy pudiera decir palabra.
Sin más remedio, le ordenó a Raúl que condujera hacia el Real Club.
Nada más entrar, alguien la llamó.
—Daisy.
Daisy volteó, sorprendida.
—Zamora, ¿cuándo llegaste a San Martín?
—Llegué en la mañana —dijo la presidenta Zamora—. Sabía que andabas de viaje, por eso no te avisé. No esperaba encontrarte aquí.
—Vengo directo del aeropuerto, vine a recoger a una amiga —explicó Daisy.
La presidenta Zamora sonrió.
—Ya que estás aquí, ¿me acompañas con un trago?
La presidenta Zamora era socia de Cosmovisión Financiera Guaraní y había ayudado mucho a Daisy en su camino como emprendedora.
Par de locas.
—Zamora, te voy a decir una cosa: el caldo se toma caliente y al hombre se le agarra fuerte.
La presidenta Zamora respondió:
—Juventud eterna, y moretones en las rodillas.
Cintia llamó por teléfono, probablemente para preguntar por qué no había llegado a casa.
Daisy, temiendo que escuchara la conversación escandalosa de esas dos, salió del privado para contestar en un lugar tranquilo.
—Vine a recoger a Camila y me encontré con una socia, la invité a un trago. Puede que llegue tarde, no me esperes. Tómate tu medicina y duérmete temprano.
—Está bien, ten cuidado —Cintia sabía que Daisy era prudente, así que no preguntó más y colgó tras darle un par de recomendaciones.
Daisy regresó al privado por las escaleras de emergencia.
Justo cuando se fue, del estrecho cuarto de limpieza del piso de abajo salieron dos personas que habían estado ahí encerradas.
El hombre todavía manoseaba a la mujer y le besuqueaba el escote sin parar.
Pero la mujer tenía la mente en otro lado.
Con los ojos entrecerrados, miró hacia donde había estado Daisy, con una mirada cargada de veneno.
«¡Daisy!»
«¡Otra vez tú!»

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