—Ya sentiste lo fría que estaba la alberca cuando saltaste a salvarla. ¡Yo estuve ahí dentro cincuenta minutos!
Camila pronunciaba cada palabra sin tono de queja, solo defendiéndose.
No podía describir ese dolor.
Sentía el pecho hecho trizas, como si se le fuera el aire.
—¡Basta! —la interrumpió Pedro impaciente—. ¡Por tu culpa Jimena ha perdido muchas oportunidades de trabajo! ¡Este contrato de shampoo fue algo que consiguió con mucho esfuerzo!
Camila abrió la boca, llena de amargura, pero al final solo soltó una risa ligera.
De repente entendió lo que Daisy le había dicho una vez:
«Callar es la última forma de protegerse».
El silencio no significa falta de emociones, sino saber que hablar ya no tiene sentido.
Dar largas explicaciones es de perdedores.
—Piensa lo que quieras.
—¡Espero que sea la última vez! —advirtió Pedro de nuevo—. ¡Si vuelve a pasar, no esperes que tenga consideración por nuestro matrimonio!
¿Consideración por el matrimonio?
¿Acaso existía algo así entre ellos?
—Haz lo que quieras —Camila abrió la puerta y se fue, sin ganas de gastar más saliva con él.
La frase «haz lo que quieras» resonó en los oídos de Pedro, dejándolo con una irritación inexplicable.
Sentía algo muy extraño en el pecho.
Encendió un cigarro, intentando disipar esa molestia.
Jimena lo llamó por teléfono, pero él no contestó.
Cuando el cigarro estaba por consumirse, escuchó un grito afuera.
Parecía... la voz de Daisy.
No estaba seguro, casi no trataba con ella.
Luego, el alboroto creció.
Esta vez escuchó claramente a Daisy gritando:
—¡Ayuda! ¡Que alguien venga!
Pedro presintió que algo andaba mal, tiró la colilla y corrió hacia el origen del sonido.
Cuando llegó, solo vio a Camila tirada en el suelo; un charco de sangre brotaba incesantemente de entre sus piernas.
Daisy intentaba con todas sus fuerzas levantar a Camila.
Pero no tenía la fuerza suficiente.
Solo podía gritar pidiendo ayuda entre sollozos, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—¡Camila! —Pedro corrió hacia ellas e intentó cargarla.

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