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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 743

Daisy le pegó con tanta fuerza que le quedó ardiendo la palma de la mano.

Pero eso no aliviaba en nada su dolor y coraje.

Pedro mantuvo la cabeza girada, en silencio, sin decir una palabra más.

Poco después, las enfermeras sacaron a Camila en la camilla.

Daisy las siguió con los ojos hinchados de tanto llorar, preguntando por su estado.

—La paciente aún no despierta. Es mejor que un familiar se quede con ella. Si pasa algo, avisen al médico de inmediato.

Daisy tenía un nudo en la garganta que no la dejaba hablar; solo pudo apretarle las manos heladas a Camila, intentando darle un poco de calor.

Las enfermeras entraban y salían de la habitación.

Daisy no se apartó de la cama ni un instante.

Pedro también estaba ahí.

Pero no dijo nada.

Daisy tenía toda su atención puesta en Camila y no tenía energía para ocuparse de gente irrelevante.

Camila despertó dos horas después.

Como Daisy sostenía su mano, notó el movimiento enseguida y la llamó apresuradamente:

—Amiga, ¿despertaste? ¿Te duele algo?

Camila apenas pudo emitir un sonido, era más aire que voz:

—Duele.

—Frío.

Eran las únicas dos sensaciones que tenía.

Daisy le frotaba las manos sin parar y se las acercaba a la boca para entibiárselas, tratando de que dejara de tiritar.

Llamó a las enfermeras con urgencia, preguntando si tenían mantas térmicas o algo para subirle la temperatura rápido.

Trajeron bolsas de agua caliente.

Pero Camila seguía sintiendo frío.

A pesar de las cobijas pesadas, de las cuatro o cinco bolsas de agua caliente dentro de la cama y de que la calefacción estaba al máximo...

Ella sentía que estaba dentro de un congelador.

Daisy, desesperada, llamó al doctor.

—Abuela... —la voz de Camila sonaba ronca. Solo pudo decir esa palabra antes de que el llanto le impidiera hablar.

Las lágrimas cayeron con más fuerza.

La abuela Castaño la abrazó, consolándola sin parar.

—Ya, ya, la abuela está aquí. ¡Te buscaré a los mejores médicos!

Bajo el consuelo de la anciana, Camila, que se había estado conteniendo, finalmente se atrevió a liberar todo el dolor y la injusticia que guardaba.

Lloró desgarradoramente.

Asustó tanto a la abuela, una viejecita de ochenta años, que la pobre no sabía qué hacer.

—Dime, hija, ¿quién te hizo sufrir tanto? ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás en el hospital?

Daisy lanzó una mirada fulminante a Pedro, que seguía en silencio, y al no poder aguantar más, le soltó la verdad a la abuela:

—Tuvo un aborto.

La abuela Castaño se estremeció.

—¿Qué? ¿Un aborto? ¡¿Cómo pasó?!

—¡Pregúntale a tu nieto!

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