Cuando Pedro se fue, el mayordomo suspiró y trató de calmar a la Abuela Castaño, diciéndole que castigarlo así por siempre no iba a arreglar nada.
—¡Se lo merece! ¡Era el bisnieto mayor de los Castaño! Y por sus tonterías lo perdimos. ¿Cómo quieres que se me pase el coraje?
Cada vez que pensaba en ese bisnieto que no llegó a conocer, a la Abuela Castaño le dolía el pecho horrible.
Pero aunque lo insultara, era su nieto y también le dolía verlo así.
—Diles que preparen algo de comer y llévaselo al rato.
Cuando el mayordomo le llevó la cena, Pedro le dijo que se la llevara, que no tenía hambre.
El mayordomo suspiró con pesar:
—Joven, la verdad es que la señora Camila es muy buena persona. Siempre que ella está en casa, la abuela anda muy contenta. A nosotros los empleados nos trata muy bien; la otra vez que andaba yo mal de la pierna, hasta me buscó un especialista.
—¿Por qué no puede simplemente llevar la fiesta en paz con ella?
La única respuesta de Pedro fue el silencio.
Nadie sabía qué estaba pensando.
El mayordomo no tuvo más remedio que irse suspirando.
Al regresar a la sala, escuchó a la Abuela Castaño haciendo un berrinche:
—¡Que se largue!
El mayordomo, preocupado por la salud de la señora, corrió a ver qué pasaba.
Ahí se enteró por las empleadas que Jimena había venido a buscar a Pedro.
—¡Ve y dile que sobre mi cadáver! ¡Esa mujerzuela no va a poner un pie en la casa de los Castaño mientras yo viva! —gritó la anciana con dolor e indignación, agarrándose el pecho.
—Sí, sí, señora, ahorita mismo voy, no se enoje —la calmó el mayordomo.
Tenía miedo de que le fuera a dar algo del coraje.
Jimena había ido a la mansión porque no lograba contactar a Pedro.
Cuando el mayordomo le transmitió el mensaje de la anciana, no se atrevió a replicar, solo dijo con voz de víctima:
—Lo único que quiero es saber que Pedro está bien.
Esa frase le dio asco hasta al mayordomo.
Cuando regresó a la sala, Pedro ya había cumplido su castigo y estaba de vuelta.
Seguramente sabía que Jimena había estado ahí, porque tenía muy mala cara.
La abuela acababa de tomar su medicina y, recuperando el aliento, señaló a Pedro con el dedo:
—¡Si vuelves a dejar que esa basura venga a ensuciarme la vista, no respondo de mí!


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