La única respuesta fue la voz robótica del sistema indicando que el celular estaba apagado.
Pedro no se rindió y le pidió a la abuela que marcara ella.
Pero el resultado fue el mismo: apagado.
¡Camila lo había bloqueado!
La abuela, furiosa, comenzó a golpearlo. —¡Mira nada más, mira lo que hiciste! ¡Mi niña ya no me contesta ni a mí! ¡Devuélveme a mi nieta!
Pedro no se movió y dejó que la anciana le diera de puñetazos. No había dormido bien la noche anterior; tenía una ansiedad extraña en el pecho, el presentimiento de que algo iba a pasar.
En cuanto dejó a la abuela en su casa, Pedro investigó el paradero de Camila. Buscó hasta en San Martín.
Finalmente le informaron que Camila y Daisy se habían ido de viaje al extranjero.
Saber que estaba a salvo hizo que Pedro soltara el aire que había estado conteniendo. Pero al mismo tiempo, el vacío en su corazón se hizo más grande.
Quizá solo fue a despejarse.
Está bien, es mejor eso a que esté enojada con él. No le hace bien hacer corajes durante la recuperación.
Cuando se le pase el enojo, tal vez se olvide del divorcio.
Al llegar a la oficina, Pedro le ordenó a su secretaria que transfiriera cincuenta millones de pesos de su cuenta a la de Camila.
Luego sacó su celular para enviarle un WhatsApp. Tenía mucho que decirle, pero escribía y borraba, escribía y borraba.
Después de pensarlo mucho, solo envió unas pocas palabras:
[Diviértete].
Al instante de enviarlo, apareció un llamativo signo de exclamación rojo junto al mensaje.
El sistema le avisaba: ¡Camila lo había bloqueado!


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