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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 750

La única respuesta fue la voz robótica del sistema indicando que el celular estaba apagado.

Pedro no se rindió y le pidió a la abuela que marcara ella.

Pero el resultado fue el mismo: apagado.

¡Camila lo había bloqueado!

La abuela, furiosa, comenzó a golpearlo. —¡Mira nada más, mira lo que hiciste! ¡Mi niña ya no me contesta ni a mí! ¡Devuélveme a mi nieta!

Pedro no se movió y dejó que la anciana le diera de puñetazos. No había dormido bien la noche anterior; tenía una ansiedad extraña en el pecho, el presentimiento de que algo iba a pasar.

En cuanto dejó a la abuela en su casa, Pedro investigó el paradero de Camila. Buscó hasta en San Martín.

Finalmente le informaron que Camila y Daisy se habían ido de viaje al extranjero.

Saber que estaba a salvo hizo que Pedro soltara el aire que había estado conteniendo. Pero al mismo tiempo, el vacío en su corazón se hizo más grande.

Quizá solo fue a despejarse.

Está bien, es mejor eso a que esté enojada con él. No le hace bien hacer corajes durante la recuperación.

Cuando se le pase el enojo, tal vez se olvide del divorcio.

Al llegar a la oficina, Pedro le ordenó a su secretaria que transfiriera cincuenta millones de pesos de su cuenta a la de Camila.

Luego sacó su celular para enviarle un WhatsApp. Tenía mucho que decirle, pero escribía y borraba, escribía y borraba.

Después de pensarlo mucho, solo envió unas pocas palabras:

[Diviértete].

Al instante de enviarlo, apareció un llamativo signo de exclamación rojo junto al mensaje.

El sistema le avisaba: ¡Camila lo había bloqueado!

¡Maldita sea! ¿Qué le costaba al mundo hacerla millonaria a ella también?

Camila se la pasó de lujo en la isla del resort: tomaba el sol, disfrutaba la brisa cálida y veía los amaneceres y atardeceres... ¡Era la gloria!

Por la tarde, arrastró a Daisy a la playa para buscar conchas.

—Esta está linda, se la llevaré a Nina —dijo Camila, compartiendo emocionada su hallazgo con Daisy.

El encargado del hotel que las acompañaba comentó:

—En realidad, las conchas de aquí no son las mejores. Las más bonitas están allá, en la Isla del Beso.

—¿Isla del Beso? ¿De verdad se llama así?

—Antes no se llamaba así —explicó el encargado—. El dueño la compró hace unos años y le cambió el nombre. Originalmente eran dos islas con forma de peces besándose. El dueño rellenó la parte de las «bocas» para unirlas, así que ahora es una sola isla, conocida como la Isla del Beso. El paisaje ahí es el más hermoso de todos.

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